Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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viernes, 11 de octubre de 2013

ENCUENTRO DE DOS MUNDOS

Octubre 13, 2013
El mes de octubre cada año nos recuerda el llamado Descubrimiento, o Encuentro, o Desencuentro de Dos Mundos: el europeo y el americano. De ese encuentro surgió un concepto: la Hispanidad, el cual nos presenta una forma de mirar la vida, la que nace del intento de crear una civilización nueva, distinta de la europea, sin miedo a la mezclas y los híbridos, viendo en lo encontrado, sea hombre o mujer, seres libres dueños de su historia y de sus terrenos.
La civilización europea se veía y sentía caduca.
Se anhelaban unas formas nuevas de vida, de cristiandad, de civilización. Y desde el primer momento se intentó crear otra civilización, otra cultura.

Para poder entender esto basta leer las obras que circulaban en las Universidades a finales del siglo XV y comienzos del XVI.
 Desde La Ciudad del Sol de Tomás de Campanella, al Amadís de Gaula, en el fondo se buscaba el sueño de una nueva civilización.
Cuando emigramos, ¿no estamos nosotros buscando lo mismo?
Pero mientras en nuestros esfuerzos actuales nos avergonzamos de nuestras raíces y creemos que lo extraño es lo mejor, nos olvidamos de que nosotros fuimos primeros. En educación, en Iglesia, en gobierno. A las pruebas podemos remitirnos.
En 1493 se introduce la caña de azúcar en el continente. 1511 ve el nacimiento de la primera diócesis en América, la de San Juan de Puerto Rico.

En 1512 se construyen en Santo Domingo el primer hospital y la primera catedral del continente.
En 1531 se da una aparición espiritual a un sencillo indio, Juan Diego, dando comienzo a la devoción de la Virgen de Guadalupe.
 En 1565 tiene lugar la primera fiesta de Acción de Gracias en los Estados Unidos Continentales, antes que los Peregrinos del Mayflower llegaran. En 1699 se publica el primer libro en lengua española en los Estados Unidos continentales: La Fe del Christiano.

En 1769 establece Junípero Serra la primera misión en California.
En 1840 Francisco García Diego y Moreno se convierte en el primer obispo católico de California.
En 1848 José Sadoc Alemany es el primer obispo católico bajo jurisdicción de los Estados Unidos en el estado de California, quien será nombrado el primer Arzobispo de la diócesis de San Francisco, la cual abarcaba todo el Estado, en 1853.
No pretendemos revisar la historia viendo hechos y fechas.
Podríamos caer en la tentación de mirar un pasado glorioso desde un hoy lleno de lamentos y olvidarnos de un futuro esperanzador.
El mes de Octubre marca también el aniversario de la llegada del Cristianismo a nuestro continente y nos hace preguntarnos sobre las realidades y los retos a los que nos enfrentamos.
Cinco siglos después un latinoamericano dirige la Iglesia.

Debemos estar conscientes de que la comunidad hispana en USA es una comunidad joven, con todo lo que ello implica.
Comunidad que se enfrenta precisamente a la transmisión de su identidad cultural.
Nos vemos acorralados por sentimientos xenófobos y antihispanos. Sentimientos que nacen del miedo y de la ignorancia.
Al fin y al cabo nosotros estábamos aquí primero en muchos de los Estados de la Unión y hemos aportado y construido mucho.
Pero es mucho más lo que nos queda por hacer.
Estamos comenzando un nuevo milenio..
Tenemos el futuro en nuestras manos. Sembrémoslo de esperanzas.
Con papeles o sin ellos. No hay que “achicopalarse”

domingo, 29 de junio de 2008

DESDE LA ORILLA DEL LAGO

El jueves 26 de junio tuve la sensación, por primera vez en mucho tiempo, de cuán débil es el ser humano. Hemos sido capaces de llegar a la Luna, de enviar sondas a Marte, de comunicarnos en fracciones de segundos con cualquier persona en cualquier parte del mundo.
Las destrucciones que hemos sido capaces de llevar a cabo no tienen límite. Sin embargo, una simple tormenta, un simple acto de la naturaleza, lo que las compañías de seguros llaman “actos de Dios” es capaz de ponernos patas arriba la vida. Estábamos todo ilusionados los peregrinos que nos disponíamos a iniciar nuestro peregrinar a Tierra Santa cuando nos comunican los empleados de la línea aérea que nuestro vuelo sufre un retraso de tan sólo 7 horas. Una serie de tormentas eléctricas y lluvias de verano han impedido el despegue regular de vuelos, causando la cancelación de más de setenta tan solo en una línea aérea. No cabe otra cosa que reflexionar sobre la grandeza de la naturaleza, que no es otra cosa que llevar nuestra reflexión hacia la grandeza de nuestro buen Dios que nos ama.
Pero a pesar de los retrasos, con la misma ilusión del primer momento, si cabe mayor, emprendimos vuelo el viernes 27 de junio, al amanecer de Dios, rumbo a la Tierra Santa, rumbo a transitar los caminos de la fe cristiana.
Y en los momentos en que estoy escribiéndoles, puedo contarles muchas cosas.

Primero de nada el dar gracias a Dios que nos ha traído sanos y salvos. Que vemos cómo nos protege cada día que transcurre. Al contemplar las distancias recorridas, los mundos y los contactos realizados, no queda otra que sentirse humildes y reconocer las grandezas de su bondad.
El sábado, aún con los ojos pegados y las maletas sin abrir, nos montamos en un bus y empezamos a recorrer los caminos de la fe y de la esperanza.
El mítico y terrible rey Herodes, para complacer a los romanos, construyó un puerto en el Mediterráneo. Quería agradar al emperador, y sobre todo, tener contentos a los gobernadores de la rebelde y mal agradecida Judea, esa tierra y ese pueblo levantisco y violento. El era idumeo y siempre había algo que se guardaba contra los judíos. Hermoso puerto y hermosa ciudad manda a construir. La dará el nombre de CESAREA DEL MAR en honor del César.
Los gobernadores delegados de Roma, establecieron su residencia allí. El anfiteatro, el estadio para las carreras, los palacios dan muestra de lo grande que fue este pequeño puerto. Nos trae el recuerdo de Pablo, quien permaneciera prisionero en esta ciudad cuando, ejerciendo sus derechos de ciudadanía, apela a ser juzgado por el César. Bastantes meses pasó entre rejas en esta ciudad. Y aquí creció también una fuerte comunidad cristiana, la cual fue dirigida y pastoreada por Eusebio de Cesárea, obispo al igual que escritor reconocido. Aquí convocó el Sínodo que establecerá la fecha de la celebración de la fiesta de la Pascua, al igual que nos dejaría por escrito la que se considera la primera narración de la Historia de la Iglesia.
Nuestro caminar nos llevó como parada siguiente al Monte Carmelo, el lugar que la tradición nos coloca la vida del profeta Elías. Junto a su cueva Simón Stock se uniría a una serie de creyentes que, bajo la protección de María, darían comienzo a la propagación del amor de María hacia nosotros. Con el símbolo de María sobre sus espaldas, el escapulario, quisieron que, desde este Monte, María fuera la Madre del Monte Carmelo, la Estrella del Mar, que nos va guiando hacia Dios. Desde aquí nos ilumina y nos guía.
Prendimos una velita, símbolo de la luz y de Dios, en la cueva de Elías para que su luz nos lleve a María, la cual como Estrella de la Mañana, Estrella del Mar, nos marque el camino hacia Dios.
Y siguiendo nuestro caminar llegamos al hogar de María, al taller de la carpintería, lugares que aún recuerdan la presencia alegre y sonriente de la Sagrada Familia. Y fue en el lugar llamado Taller de San José, lugar que guarda el recuerdo de lo que fuera el hogar de la Sagrada Familia, donde celebramos la Eucaristía por primera vez en nuestro caminar por la Tierra Santa.
Nazareth fue el lugar de la infancia de Jesús, pero Caná nos trae otro recuerdo. El recuerdo de la humanidad de Jesús, quien se hace presente en el nacimiento de una comunidad de amor, en el nacimiento de una familia, en una boda. Y lo hace con alegría, con fiesta, con buen vino para andar el camino. Y aunque no sabemos el motivo de la escasez del vino, sí conocemos el dato que María, quien aparentemente andaba entre los pucheros, las sartenes y los entresijos de la cocina, se da cuenta de la falta del vino, y no quiere que se vean en ridículo aquella buena familia que les habían invitado a celebrar. Y, pues, se acerca a Jesús y en un diálogo maternal, le pide a Jesús que eso, que no tienen vino, y que no pueden hacer el ridículo. Y Jesús quiere pasar de su madre, de ignorarla, desea seguir disfrutando con sus amigos. Pero como siempre decimos, una madre es una madre y consigue lo que quiere de sus hijos Y Jesús no fue una excepción. Y María logra el milagro de que el vino no falte en la mesa de los invitados.
Al visitar el templo que nos recuerda el milagro, se siente una atmósfera especial. Es el recuerdo de la insistencia de María. Es el recuerdo de Jesús que complace a su madre. Es el recuerdo de que la vida es una gran fiesta donde todos compartimos.
Tomada nuestra copita de vino, llegamos al hotel para descansar y reflexionar sobre tantas maravillas como el Señor ha sido bueno con nosotros
Tiberíades nos acoge para descansar junto al lago, donde contemplamos el amanecer de Dios y donde navegaremos en las mismas aguas, con los mismos vientos, en parecidas circunstancias de cómo lo hicieran Jesús y sus amigos.