Columna del Padre Tomás
En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.
Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.
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miércoles, 31 de diciembre de 2014
Fiesta de los Tres Santos Reyes
Enero 6, 2015
Esta época de fiestas que estamos celebrando se mueve entre dos acontecimientos importantes
en la vida de los cristianos.
Uno es la conmemoración y actualización del nacimiento
de Jesús en un pequeño pueblo de la Judea.
Es la Navidad.
El otro es la celebración de la llamada Fiesta de los Reyes
Magos, la Epifanía o Manifestación.
En esta última recordamos la ofrenda de dones y de respeto
por parte de unos extraños individuos que,
atraídos por una serie de signos, se acercaron ante la
cuna de Jesús en Belén. Es la Fiesta de los
Tres Santos Reyes, también llamados magos.
Los relatos del Evangelio en torno a estos individuos y a esta festividad son escasos y sobrios. Tan sólo el Evangelio de San Mateo nos habla de estos personajes, de los cuales afirma que eran unos sabios de Oriente, quienes se presentaron en Jerusalén preguntando acerca del Rey de los Judíos, cuya estrella habían visto y deseaban ofrecerle su respeto y sus regalos.
La sorpresa causada entre los habitantes de la ciudad capital fue grande al ver tal caravana y con tal finalidad: rendir vasallaje al recién nacido Rey de los Judíos.
De todos es conocido el interés, las intrigas, los recelos desarrollados por Herodes el Grande y sus secuaces. La presentación en el Palacio, la búsqueda del niño y, finalmente, la vuelta a sus países de origen, dan excusa a Herodes, una vez descubierto el engaño, a desatar una terrible matanza en Belén y alrededores, cosa por otro lado bastante frecuente en la intrigante vida del monarca idumeo.
La forma sobria y escueta con que Mateo nos presenta la presencia de estos personajes nos plantea una serie de preguntas que, a lo largo de la historia, se han intentado resolver, acudiendo la mayoría de las veces a la fantasía.
¿Cuántos eran? El relato de San Mateo no nos indica el número. Por el tipo de ofrendas que le hacen- oro, incienso y mirra- se ha llegado a la conclusión de que eran tres. Sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar.
Tales nombres aparecen por primera vez en documento escrito a principios del siglo VI de nuestra era en una obra, de autor anónimo, llamada Excerpta Latina Barbari.
Posteriormente, Beda el Venerable, una de las figuras más importantes en la historia del cristianismo en Inglaterra, y también una de la más destacadas de la incipiente Edad Media, en su obra Comentarios acerca del Evangelio de San Mateo, expresa la idea de que estos tres personajes representaban a los tres continentes conocidos hasta el momento. Llega incluso a la afirmación de que son descendientes de Sem, Cam y Jafeth, los tres hijos del personaje bíblico Noé, el del diluvio.
En las tradiciones de origen oriental estos personajes reciben otros nombres. En el llamado Libro de Adam, evangelio apócrifo de origen etíope, los nombres son: Hor, rey de los persas; Basanater, rey de Saba y, finalmente, Karsudan, rey del Este. En las tradiciones sirias y armenias el número de los Reyes se sitúa en doce.
El lugar de procedencia es igualmente un misterio.
Podemos deducir, en base al sobrio relato evangélico, que procedían de Oriente, y su lugar de origen estaba en la Península Arábiga, lugar donde floreció una cultura de gran riqueza, tanto material como intelectual, y que apenas es conocida entre nosotros.
Finalmente, la pregunta en torno a la naturaleza de estos personajes siempre ha llevado un poco a la confusión.
La palabra mago no denota necesariamente rey, sino experto en cuestiones de astronomía y astrología, con lo que podemos deducir que estos personajes eran más bien expertos en cuestiones esotéricas y astrológicas que gobernantes.
Pensemos que hasta muy entrado el Renacimiento la Astrología era considerada como una ciencia exacta y digna del mayor respeto.
En nuestro mundo hispano esta festividad ocupa un lugar especial. Desde los primeros momentos de la llegada de la fe cristiana al continente americano se ha venido celebrando la Fiesta de los Tres Santos Reyes.
En memoria de aquellos presentes de Oro- símbolo de la realeza- Incienso- símbolo de la divinidad- y Mirra- de la Humanidad, se ha quedado entre nosotros ofrecer regalos en esta fecha.
Es la fiesta de los niños, del recuerdo del buen comportamiento, de tantas cosas que nos hacen volver a ser niños.
Y al fin y al cabo, la Navidad es la fiesta de un Dios hecho Niño.
No nos olvidemos de poner nuestra hierbita en la noche antes del 6 de enero.
http://www.descubriendoelsiglo21.com/
P.O. BOX 1170
New York, NY 10018
Tel-212-244-47778
Cel-917-499-9715
radiosigloxxi@aol.com
Esta época de fiestas que estamos celebrando se mueve entre dos acontecimientos importantes
en la vida de los cristianos.

Uno es la conmemoración y actualización del nacimiento
de Jesús en un pequeño pueblo de la Judea.
Es la Navidad.
El otro es la celebración de la llamada Fiesta de los Reyes
Magos, la Epifanía o Manifestación.
En esta última recordamos la ofrenda de dones y de respeto
por parte de unos extraños individuos que,
atraídos por una serie de signos, se acercaron ante la
cuna de Jesús en Belén. Es la Fiesta de los
Tres Santos Reyes, también llamados magos.

Los relatos del Evangelio en torno a estos individuos y a esta festividad son escasos y sobrios. Tan sólo el Evangelio de San Mateo nos habla de estos personajes, de los cuales afirma que eran unos sabios de Oriente, quienes se presentaron en Jerusalén preguntando acerca del Rey de los Judíos, cuya estrella habían visto y deseaban ofrecerle su respeto y sus regalos.

La sorpresa causada entre los habitantes de la ciudad capital fue grande al ver tal caravana y con tal finalidad: rendir vasallaje al recién nacido Rey de los Judíos.
De todos es conocido el interés, las intrigas, los recelos desarrollados por Herodes el Grande y sus secuaces. La presentación en el Palacio, la búsqueda del niño y, finalmente, la vuelta a sus países de origen, dan excusa a Herodes, una vez descubierto el engaño, a desatar una terrible matanza en Belén y alrededores, cosa por otro lado bastante frecuente en la intrigante vida del monarca idumeo.

La forma sobria y escueta con que Mateo nos presenta la presencia de estos personajes nos plantea una serie de preguntas que, a lo largo de la historia, se han intentado resolver, acudiendo la mayoría de las veces a la fantasía.
¿Cuántos eran? El relato de San Mateo no nos indica el número. Por el tipo de ofrendas que le hacen- oro, incienso y mirra- se ha llegado a la conclusión de que eran tres. Sus nombres: Melchor, Gaspar y Baltasar.
Tales nombres aparecen por primera vez en documento escrito a principios del siglo VI de nuestra era en una obra, de autor anónimo, llamada Excerpta Latina Barbari.

Posteriormente, Beda el Venerable, una de las figuras más importantes en la historia del cristianismo en Inglaterra, y también una de la más destacadas de la incipiente Edad Media, en su obra Comentarios acerca del Evangelio de San Mateo, expresa la idea de que estos tres personajes representaban a los tres continentes conocidos hasta el momento. Llega incluso a la afirmación de que son descendientes de Sem, Cam y Jafeth, los tres hijos del personaje bíblico Noé, el del diluvio.

En las tradiciones de origen oriental estos personajes reciben otros nombres. En el llamado Libro de Adam, evangelio apócrifo de origen etíope, los nombres son: Hor, rey de los persas; Basanater, rey de Saba y, finalmente, Karsudan, rey del Este. En las tradiciones sirias y armenias el número de los Reyes se sitúa en doce.

El lugar de procedencia es igualmente un misterio.
Podemos deducir, en base al sobrio relato evangélico, que procedían de Oriente, y su lugar de origen estaba en la Península Arábiga, lugar donde floreció una cultura de gran riqueza, tanto material como intelectual, y que apenas es conocida entre nosotros.
Finalmente, la pregunta en torno a la naturaleza de estos personajes siempre ha llevado un poco a la confusión.
La palabra mago no denota necesariamente rey, sino experto en cuestiones de astronomía y astrología, con lo que podemos deducir que estos personajes eran más bien expertos en cuestiones esotéricas y astrológicas que gobernantes.
Pensemos que hasta muy entrado el Renacimiento la Astrología era considerada como una ciencia exacta y digna del mayor respeto.
En nuestro mundo hispano esta festividad ocupa un lugar especial. Desde los primeros momentos de la llegada de la fe cristiana al continente americano se ha venido celebrando la Fiesta de los Tres Santos Reyes.
En memoria de aquellos presentes de Oro- símbolo de la realeza- Incienso- símbolo de la divinidad- y Mirra- de la Humanidad, se ha quedado entre nosotros ofrecer regalos en esta fecha.
Es la fiesta de los niños, del recuerdo del buen comportamiento, de tantas cosas que nos hacen volver a ser niños.
Y al fin y al cabo, la Navidad es la fiesta de un Dios hecho Niño.
No nos olvidemos de poner nuestra hierbita en la noche antes del 6 de enero.
http://www.descubriendoelsiglo21.com/
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6 de Enero,
fiesta de los reyes,
los reyes magos
viernes, 19 de diciembre de 2014
La Navidad: ERES TU!!!
La Navidad suele ser una fiesta ruidosa: nos vendría bien un poco de silencio, para oír "La voz del Amor."

Navidad eres tú, cuando decides nacer de nuevo cada día y dejar entrar a Dios en tu alma.
El pino de Navidad eres tú, cuando resistes vigoroso a los vientos y dificultades de la vida.
Los adornos de Navidad eres tú, cuando tus virtudes son colores que adornan tu vida.
La campana de Navidad eres tú, cuando llamas, congregas y buscas unir.
Eres también luz de Navidad, cuando iluminas con tu vida el camino de los demás con la bondad, la paciencia, alegría y la generosidad.
Los ángeles de Navidad eres tú, cuando cantas al mundo un mensaje de paz, de justicia y de amor.
La estrella de Navidad eres tú, cuando conduces a alguien al encuentro con el Señor.
Eres también los reyes Magos, cuando das lo mejor que tienes sin importar a quien.
La música de Navidad eres tú cuando conquistas la armonía dentro de ti.

El regalo de Navidad eres tú, cuando eres de verdad amigo y hermano de todo ser humano.
La tarjeta de Navidad eres tú, cuando la bondad está escrita en tus manos.
La felicitación de Navidad eres tú, cuando perdonas y reestableces la paz, aun cuando sufras.
La cena de Navidad eres tú, cuando sacias de pan y de esperanza al pobre que está a tu lado.
Tú eres, sí, la noche de Navidad, cuando humilde y consciente, recibes en el silencio de la noche al Salvador del mundo sin ruidos ni grandes celebraciones; tú eres sonrisa confianza y de ternura, en la paz interior de una Navidad perenne que establece el Reino dentro de ti.
Una muy Feliz Navidad para todos los que se parecen a la Navidad.
Padre Tomas Del Valle-Reyes

Navidad eres tú, cuando decides nacer de nuevo cada día y dejar entrar a Dios en tu alma.
El pino de Navidad eres tú, cuando resistes vigoroso a los vientos y dificultades de la vida.
Los adornos de Navidad eres tú, cuando tus virtudes son colores que adornan tu vida.
La campana de Navidad eres tú, cuando llamas, congregas y buscas unir.

Eres también luz de Navidad, cuando iluminas con tu vida el camino de los demás con la bondad, la paciencia, alegría y la generosidad.
Los ángeles de Navidad eres tú, cuando cantas al mundo un mensaje de paz, de justicia y de amor.
La estrella de Navidad eres tú, cuando conduces a alguien al encuentro con el Señor.
Eres también los reyes Magos, cuando das lo mejor que tienes sin importar a quien.
La música de Navidad eres tú cuando conquistas la armonía dentro de ti.

El regalo de Navidad eres tú, cuando eres de verdad amigo y hermano de todo ser humano.
La tarjeta de Navidad eres tú, cuando la bondad está escrita en tus manos.
La felicitación de Navidad eres tú, cuando perdonas y reestableces la paz, aun cuando sufras.
La cena de Navidad eres tú, cuando sacias de pan y de esperanza al pobre que está a tu lado.
Tú eres, sí, la noche de Navidad, cuando humilde y consciente, recibes en el silencio de la noche al Salvador del mundo sin ruidos ni grandes celebraciones; tú eres sonrisa confianza y de ternura, en la paz interior de una Navidad perenne que establece el Reino dentro de ti.
Una muy Feliz Navidad para todos los que se parecen a la Navidad.
Padre Tomas Del Valle-Reyes
Cuento de Navidad: Pepe el Carpintero
Autor: Padre Tomás Del Valle-Reyes
El pueblo donde Pepe vivía no era precisamente un lugar divertido.

Apenas media docena de casas diseminadas en las faldas de una montaña.
Cada una tenía un pequeño jardín donde se acumulaban gallinas, alguna oveja, chiquillos gritando y jugando.
Era un pueblo donde no pasaba nada.
El abuelo de Pepe le había iniciado en las destrezas de la albañilería, el trabajo en madera y la herrería.
De todo había que saber por si surgía alguna chapuza.
Bien es verdad que en la vecindad había una ciudad romana donde se habían dado unos enfrentamientos entre insurgentes y fuerzas de ocupación.
Los resultados fueron desastrosos para ambas partes.
La ciudad fue destruida y la sangre rebelde empapó inútilmente la tierra.
Pasados los enfrentamientos, se reconstruyó la ciudad.
Eso llevó a la contratación de mano de obra especializada.
Y Pepe pudo conseguir un trabajo más o menos estable que le permitió ayudar a la familia y, sobre todo, salir del pueblo.
De domingo a jueves la jornada era agotadora.
Era un largo de camino. A ello se añadía el trabajo.
Total, que los fines de semana los dedicaba a descansar y a cumplir con la Ley de Dios, algo que había visto desde niño en la familia.
Ya estaba entrando en edad de buscar una mujer para hacer pareja y formar una familia.
Los ahorros de sus trabajos esporádicos en el pueblo más lo acumulado en la reconstrucción de Séforis le permitía mirar el futuro con optimismo.
Había varias muchachas en el pueblo en edad casadera.
Y, a no dudarlo, le había echado el ojo a alguna de ellas.
En las conversaciones con su padre salió en más de una ocasión el tema.
Era tiempo ya de ir pensando en una familia.
Y que fuera numerosa.
Padre e hijo se pusieron a la tarea de buscar y escoger.
El padre tendría la última palabra.
Se encargaría de hacer el contrato con el futuro suegro de su hijo.
Después de ojear y conocer lo que había, se decidieron por una tal María. Se veía buena persona.
De constitución fuerte y capaz de ser buena madre. Era hija única de una familia que tenía lazos con la tribu de Levi.
Un familiar lejano, de nombre Zacarías, esposo de Isabel, su prima mayor, era sacerdote en el templo de Jerusalén.
Sería un buen partido.
Según lo acordado por las leyes vigentes el padre de Pepe se entrevistó con el padre de María.
Acordaron el matrimonio para el año siguiente.
Se celebró una gran fiesta para el anuncio.
Todo el pueblo se alegró y participó.
La verdad que la vida era tan aburrida que un simple compromiso era motivo de celebración.
Allí nunca ocurría nada.
Un jueves al regresar Pepe del trabajo preguntó por María.
Le dijeron que había tenido que ir a visitar a una vieja prima que, según rumores, estaba embarazada.
Le extrañó que se hubiera ausentado sin avisarle.
Al día siguiente buscaría más información.
En ese momento lo que le pedía el cuerpo era descansar.
Pasaron varios meses.
Era tanto el trabajo que cuando regresaba a la aldea era a descansar y dormir.
Un sábado al salir del culto un vecino le saludó con cierto tono e ironía y le preguntó por su prometida.
No sabía que había vuelto.
Fue a la casa a buscarla. Su sorpresa fue grande.
Aquella hermosa joven, alegre, habladora, le miró fijamente.
Se quedó pasmado.
La mujer con quien soñaba, la futura madre de sus hijos, la joven de largo cabello negro, tez morena, estaba embarazada.
Y por el tamaño del vientre de unos 4 meses.
El mismo tiempo que no se veían.
El silencio fue la única respuesta.
La miró profundamente a los ojos y se alejó con ánimo de no volverla a ver.
Todo aquello quería que hubiera sido una pesadilla de la cual se despertaría al día siguiente.
No podía ser que su María lo hubiera engañado.
Se fue a caminar solo por entre los olivos del pueblo.
No quería hablar con nadie. Entrada la noche volvió a la casa.
No quería que le vieran los ojos hinchados de tanto llorar.
Se fue a dormir al pajar argumentando que hacía mucho calor en la casa y prefería el fresco de la noche.
Tardó mucho en dormir.
Al amanecer, con el canto de los gallos, empezó a desperezarse.
Se sentía más tranquilo.
Se lavó la cara con el agua del cubo que había junto al aljibe.
Besó a su madre que salía al patio a echar de comer a las gallinas.
En el horno encontró unos pedazos de pan y un cuenco con leche de cabra recién hervida. Tranquilamente comió y salió decidido a encontrarse con el rabino para que anulara el contrato de compromiso de matrimonio. Se iría del pueblo.
Quizás en Séforis encontraría un lugar para vivir.
El caso era alejarse y olvidarse de María.
No iba a ser agradable el estar en boca de todo el pueblo.
Cuando iba caminando hacia la sinagoga se encontró con un muchacho.
No pasaría de los diez o doce años.
Nunca lo había visto. Vio que se dirigía hacia él con decisión.
Cuando estaban frente a frente le miró fijamente a los ojos, con una mirada que nunca jamás olvidaría, y serenamente le dijo: “Pepe, no temas, María no te ha engañado. Acuérdate de las Escrituras. No la rechaces”
Dicho esto aquel extraño muchacho desapareció.
Pepe tardó varios minutos en reaccionar.
Tenía su cabeza hecha un lío y no sabía exactamente lo que estaba pasando.
Tuvo que sentarse a la vera del camino.
Después de un rato se levantó lentamente y se puso a caminar sin rumbo fijo. Terminó frente a la casa de María.
Ella volvía en ese momento del pozo de la aldea.
Cargaba un pesado cántaro.
Se acercó lentamente a ella y le tomó el cántaro depositándolo en el suelo.
Luego la agarró de las manos y, mirándola profundamente a los ojos, se abrazaron. ¿Cuánto duró el abrazo? No sabemos.
Lo que sí sabemos que aquello fue un empezar que nunca tuvo fin.
La vida siguió su ritmo.
Los romanos seguían fastidiando la vida. Ahora había que llenar el censo.
Y Pepe era de apellido David, por tanto tenía que ir al pueblo de sus ancestros, allá en las montañas de Judá.
Menos mal que tenía unos ahorros y pudo comprar un buen burro para hacer el camino.
Y María iría con él a las buenas o las malas, no estaba dispuesto a dejarla sola un día más.
Y nada, a tirar para adelante. Menos mal que les tocó buen tiempo e hicieron buen camino, aunque se perdieron varias veces.
Al llegar al pueblo de David no encontraron un miserable cuarto en las posadas.
Lo poco que había estaba completamente lleno.
Gracias a un paisano lejano logró en la parte alta de de pueblo un espacio en una de las cuevas de la casa.
Lo solían utilizar para refugio de las ovejas en invierno, pero como era primavera estaba vacío y, dadas las circunstancias, servía perfectamente. Hambre no tenían mucha, pero sueño sí. Cayeron rendidos.
A medianoche María empezó a revolverse en el jergón de paja y a gemir.
Pepe se despertó y, para sorpresa suya, estaba húmeda la paja.
María había roto aguas y estaban solos.
Y la verdad él sabía de maderas, clavos y piedras, pero en eso de asistir a un parto no sabía gran cosa. Salió a buscar agua y auxilio.
Recordaba que en las alforjas María había puesto unos paños y fue a buscarlos.
Cuando regresó se quedó pasmado.
María estaba semiacostada y tenía entre sus brazos un hermoso bebe que no paraba de llorar.
Como pudo lo lavó y lo calmó un poco. Nunca había visto tan hermosa a su mujer.
Aquel nacimiento le cambió la vida por completo.
No pensaba que el ser padre iba a ser tan complicado pero a la vez tan lindo.
Pepe hizo suyo aquel hijo y nunca abandonó a María.
Fue el protector de ambos para siempre.
El pueblo donde Pepe vivía no era precisamente un lugar divertido.

Apenas media docena de casas diseminadas en las faldas de una montaña.
Cada una tenía un pequeño jardín donde se acumulaban gallinas, alguna oveja, chiquillos gritando y jugando.
Era un pueblo donde no pasaba nada.
El abuelo de Pepe le había iniciado en las destrezas de la albañilería, el trabajo en madera y la herrería.
De todo había que saber por si surgía alguna chapuza.
Bien es verdad que en la vecindad había una ciudad romana donde se habían dado unos enfrentamientos entre insurgentes y fuerzas de ocupación.
Los resultados fueron desastrosos para ambas partes.
La ciudad fue destruida y la sangre rebelde empapó inútilmente la tierra.
Pasados los enfrentamientos, se reconstruyó la ciudad.
Eso llevó a la contratación de mano de obra especializada.
Y Pepe pudo conseguir un trabajo más o menos estable que le permitió ayudar a la familia y, sobre todo, salir del pueblo.
De domingo a jueves la jornada era agotadora.
Era un largo de camino. A ello se añadía el trabajo.
Total, que los fines de semana los dedicaba a descansar y a cumplir con la Ley de Dios, algo que había visto desde niño en la familia.

Ya estaba entrando en edad de buscar una mujer para hacer pareja y formar una familia.
Los ahorros de sus trabajos esporádicos en el pueblo más lo acumulado en la reconstrucción de Séforis le permitía mirar el futuro con optimismo.
Había varias muchachas en el pueblo en edad casadera.
Y, a no dudarlo, le había echado el ojo a alguna de ellas.
En las conversaciones con su padre salió en más de una ocasión el tema.
Era tiempo ya de ir pensando en una familia.
Y que fuera numerosa.
Padre e hijo se pusieron a la tarea de buscar y escoger.
El padre tendría la última palabra.
Se encargaría de hacer el contrato con el futuro suegro de su hijo.

Después de ojear y conocer lo que había, se decidieron por una tal María. Se veía buena persona.
De constitución fuerte y capaz de ser buena madre. Era hija única de una familia que tenía lazos con la tribu de Levi.
Un familiar lejano, de nombre Zacarías, esposo de Isabel, su prima mayor, era sacerdote en el templo de Jerusalén.
Sería un buen partido.
Según lo acordado por las leyes vigentes el padre de Pepe se entrevistó con el padre de María.
Acordaron el matrimonio para el año siguiente.
Se celebró una gran fiesta para el anuncio.
Todo el pueblo se alegró y participó.
La verdad que la vida era tan aburrida que un simple compromiso era motivo de celebración.
Allí nunca ocurría nada.
Un jueves al regresar Pepe del trabajo preguntó por María.

Le dijeron que había tenido que ir a visitar a una vieja prima que, según rumores, estaba embarazada.
Le extrañó que se hubiera ausentado sin avisarle.
Al día siguiente buscaría más información.
En ese momento lo que le pedía el cuerpo era descansar.
Pasaron varios meses.
Era tanto el trabajo que cuando regresaba a la aldea era a descansar y dormir.
Un sábado al salir del culto un vecino le saludó con cierto tono e ironía y le preguntó por su prometida.
No sabía que había vuelto.
Fue a la casa a buscarla. Su sorpresa fue grande.
Aquella hermosa joven, alegre, habladora, le miró fijamente.
Se quedó pasmado.
La mujer con quien soñaba, la futura madre de sus hijos, la joven de largo cabello negro, tez morena, estaba embarazada.
Y por el tamaño del vientre de unos 4 meses.
El mismo tiempo que no se veían.
El silencio fue la única respuesta.
La miró profundamente a los ojos y se alejó con ánimo de no volverla a ver.
Todo aquello quería que hubiera sido una pesadilla de la cual se despertaría al día siguiente.
No podía ser que su María lo hubiera engañado.
Se fue a caminar solo por entre los olivos del pueblo.
No quería hablar con nadie. Entrada la noche volvió a la casa.
No quería que le vieran los ojos hinchados de tanto llorar.
Se fue a dormir al pajar argumentando que hacía mucho calor en la casa y prefería el fresco de la noche.
Tardó mucho en dormir.
Al amanecer, con el canto de los gallos, empezó a desperezarse.
Se sentía más tranquilo.
Se lavó la cara con el agua del cubo que había junto al aljibe.
Besó a su madre que salía al patio a echar de comer a las gallinas.
En el horno encontró unos pedazos de pan y un cuenco con leche de cabra recién hervida. Tranquilamente comió y salió decidido a encontrarse con el rabino para que anulara el contrato de compromiso de matrimonio. Se iría del pueblo.
Quizás en Séforis encontraría un lugar para vivir.
El caso era alejarse y olvidarse de María.
No iba a ser agradable el estar en boca de todo el pueblo.
Cuando iba caminando hacia la sinagoga se encontró con un muchacho.
No pasaría de los diez o doce años.
Nunca lo había visto. Vio que se dirigía hacia él con decisión.
Cuando estaban frente a frente le miró fijamente a los ojos, con una mirada que nunca jamás olvidaría, y serenamente le dijo: “Pepe, no temas, María no te ha engañado. Acuérdate de las Escrituras. No la rechaces”
Dicho esto aquel extraño muchacho desapareció.
Pepe tardó varios minutos en reaccionar.
Tenía su cabeza hecha un lío y no sabía exactamente lo que estaba pasando.
Tuvo que sentarse a la vera del camino. Después de un rato se levantó lentamente y se puso a caminar sin rumbo fijo. Terminó frente a la casa de María.
Ella volvía en ese momento del pozo de la aldea.
Cargaba un pesado cántaro.
Se acercó lentamente a ella y le tomó el cántaro depositándolo en el suelo.
Luego la agarró de las manos y, mirándola profundamente a los ojos, se abrazaron. ¿Cuánto duró el abrazo? No sabemos.
Lo que sí sabemos que aquello fue un empezar que nunca tuvo fin.
La vida siguió su ritmo.
Los romanos seguían fastidiando la vida. Ahora había que llenar el censo.
Y Pepe era de apellido David, por tanto tenía que ir al pueblo de sus ancestros, allá en las montañas de Judá.
Menos mal que tenía unos ahorros y pudo comprar un buen burro para hacer el camino.
Y María iría con él a las buenas o las malas, no estaba dispuesto a dejarla sola un día más.
Y nada, a tirar para adelante. Menos mal que les tocó buen tiempo e hicieron buen camino, aunque se perdieron varias veces.
Al llegar al pueblo de David no encontraron un miserable cuarto en las posadas.
Lo poco que había estaba completamente lleno.
Gracias a un paisano lejano logró en la parte alta de de pueblo un espacio en una de las cuevas de la casa.
Lo solían utilizar para refugio de las ovejas en invierno, pero como era primavera estaba vacío y, dadas las circunstancias, servía perfectamente. Hambre no tenían mucha, pero sueño sí. Cayeron rendidos.

A medianoche María empezó a revolverse en el jergón de paja y a gemir.
Pepe se despertó y, para sorpresa suya, estaba húmeda la paja.
María había roto aguas y estaban solos.
Y la verdad él sabía de maderas, clavos y piedras, pero en eso de asistir a un parto no sabía gran cosa. Salió a buscar agua y auxilio.
Recordaba que en las alforjas María había puesto unos paños y fue a buscarlos.
Cuando regresó se quedó pasmado.
María estaba semiacostada y tenía entre sus brazos un hermoso bebe que no paraba de llorar.
Como pudo lo lavó y lo calmó un poco. Nunca había visto tan hermosa a su mujer.

Aquel nacimiento le cambió la vida por completo.
No pensaba que el ser padre iba a ser tan complicado pero a la vez tan lindo.
Pepe hizo suyo aquel hijo y nunca abandonó a María.
Fue el protector de ambos para siempre.
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Pepe el carpintero
domingo, 30 de noviembre de 2014
Thank you....Gracias
Thank you to each everyone

Gracias a todos y cada uno de ustedes por sus buenos deseos, bendiciones y felicitaciones que he recibido a través de mis 3 cuentas de Facebook, 3 cuentas de Sónicos, mySpace, Twitter, Stumbleupon, Linkedin, Google Share, y todas las otras redes sociales que formo parte y me ayudan a seguir llevando mis mensajes a todo el mundo. Se lo agradezco desde lo más profundo de mi corazón ya que ustedes componen “mi Familia cibernética” y el leer constantemente los comentarios que dejan en estas páginas, me alientan y dan la fuerza y el entusiamo entusiasmo para poder continuar la labor que el Señor me ha encomendado cuando me "tomó de entre los hombres para servir a mis hermanos" (Hebreos 5). Gracias por permitirme llegar a sus hogares los jueves con mi programa de radio, gracias por leer mis columnas, mis oraciones, mis reflexiones, etc. Que nuestro buen Padre Dios continúe bendiciéndonos a todos, siempre. GRACIAS DE TODO CORAZON.
Padre Tomás Del Valle-Reyes
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cumpleanos,
Gracis por su saludo,
mil gracias,
thank you
sábado, 8 de noviembre de 2014
NUEVE DE NOVIEMBRE
Noviembre 9, 2014
Hace 76 años la sociedad alemana se vio conmovida
por el ruido de los cristales rotos de miles de sinagogas, comercios y casas propiedad de judíos.
Tal pareciera que de una demostración popular se tratara.
Un oscuro agente del gobierno alemán destinado en París fue asesinado.
La culpa, basada en dudosas pruebas, fue atribuida a un joven, casi adolescente, judío.
El sentimiento anti semita corrió como pólvora encendida.
Sin embargo, pronto se supo que todo fue una magnífica campaña de publicidad orquestada por el jefe de propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels.
En dos días, más de 250 sinagogas fueron quemadas, más de 7.000 comercios de judíos fueron destrozados y saqueados, docenas de judíos fueron asesinados, y cementerios, hospitales, escuelas y hogares judíos fueron saqueados mientras la policía y las brigadas de bomberos se mantenían al margen.
Aquella noche fue el principio de una tragedia y un holocausto.
El 9 de noviembre de 1938 para algunos historiadores fue el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
Varias decenas de millones muertos, un continente asolado, un mundo destruido y dividido.
Europa sintió el frío de la muerte en todas sus estructuras, pueblos y gentes.
Seis millones de judíos junto con varios millones más de disidentes políticos, gitanos, comunistas y homosexuales pagaron con sus vidas los sueños de grandeza de un psicópata que supo engañar a un pueblo.
El triunfo trágico y mágico de la publicidad.
Los vencedores se repartieron Europa.
Por un lado la revolución bolchevique comenzada en 1917 veía extenderse su poder sembrando sangre sudor y lágrimas.
Por el otro las llamadas democracias libres prefirieron aprovecharse de los despojos del Imperio Alemán. Ambos grupos se dieron la espalda.
Crearon un Telón de Acero que les brindaba la oportunidad de ignorarse mutuamente escondiendo miserias y pobrezas.
Pero la libertad no se puede encerrar entre cuatro paredes, entre las fronteras de países creados en una mesa de reuniones.
Y pronto empezaron los alemanes vencidos pero no hundidos, a buscar espacios de libertad.
Hubo que poner un muro de varios kilómetros de largo.
Fue como poner puertas al campo.
Poco a poco empezó a desmoronarse.
Hasta que cayó por el peso de la libertad y de un mundo caduco, ese mismo mundo que años antes gritara por las calles de Paris, “seamos consecuentes, pidamos lo imposible”
En este caso ese imposible se llamaba libertad.
Este mes se cumplen los 76 años de la Noche de los Cristales Rotos, y el mismo día, 9 de noviembre, los 25 años de la caída del Muro de Berlín. 51 años de sangre, sudor, lágrimas y muerte. Pero también podemos afirmar que con la caída del muro empezó una nueva era, la de la globalización, la de hacer el mundo una aldea, no un Imperio.
Todo fue un noviembre, el mes que nos recuerda la muerte.
Pero también la resurrección.
No olvidemos, somos seres para morir, pero también para resucitar.
La Noche de los Cristales Rotos y la caída del Muro de Berlín son muestra de ello.
Hace 76 años la sociedad alemana se vio conmovida
por el ruido de los cristales rotos de miles de sinagogas, comercios y casas propiedad de judíos. Tal pareciera que de una demostración popular se tratara.
Un oscuro agente del gobierno alemán destinado en París fue asesinado.
La culpa, basada en dudosas pruebas, fue atribuida a un joven, casi adolescente, judío.
El sentimiento anti semita corrió como pólvora encendida.
Sin embargo, pronto se supo que todo fue una magnífica campaña de publicidad orquestada por el jefe de propaganda del Tercer Reich, Joseph Goebbels.
En dos días, más de 250 sinagogas fueron quemadas, más de 7.000 comercios de judíos fueron destrozados y saqueados, docenas de judíos fueron asesinados, y cementerios, hospitales, escuelas y hogares judíos fueron saqueados mientras la policía y las brigadas de bomberos se mantenían al margen.

Aquella noche fue el principio de una tragedia y un holocausto.
El 9 de noviembre de 1938 para algunos historiadores fue el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.
Varias decenas de millones muertos, un continente asolado, un mundo destruido y dividido.
Europa sintió el frío de la muerte en todas sus estructuras, pueblos y gentes.
Seis millones de judíos junto con varios millones más de disidentes políticos, gitanos, comunistas y homosexuales pagaron con sus vidas los sueños de grandeza de un psicópata que supo engañar a un pueblo.
El triunfo trágico y mágico de la publicidad.
Los vencedores se repartieron Europa.
Por un lado la revolución bolchevique comenzada en 1917 veía extenderse su poder sembrando sangre sudor y lágrimas.
Por el otro las llamadas democracias libres prefirieron aprovecharse de los despojos del Imperio Alemán. Ambos grupos se dieron la espalda.
Crearon un Telón de Acero que les brindaba la oportunidad de ignorarse mutuamente escondiendo miserias y pobrezas.
Pero la libertad no se puede encerrar entre cuatro paredes, entre las fronteras de países creados en una mesa de reuniones. Y pronto empezaron los alemanes vencidos pero no hundidos, a buscar espacios de libertad.
Hubo que poner un muro de varios kilómetros de largo.
Fue como poner puertas al campo.
Poco a poco empezó a desmoronarse.
Hasta que cayó por el peso de la libertad y de un mundo caduco, ese mismo mundo que años antes gritara por las calles de Paris, “seamos consecuentes, pidamos lo imposible”
En este caso ese imposible se llamaba libertad.

Este mes se cumplen los 76 años de la Noche de los Cristales Rotos, y el mismo día, 9 de noviembre, los 25 años de la caída del Muro de Berlín. 51 años de sangre, sudor, lágrimas y muerte. Pero también podemos afirmar que con la caída del muro empezó una nueva era, la de la globalización, la de hacer el mundo una aldea, no un Imperio.
Todo fue un noviembre, el mes que nos recuerda la muerte.
Pero también la resurrección.
No olvidemos, somos seres para morir, pero también para resucitar.
La Noche de los Cristales Rotos y la caída del Muro de Berlín son muestra de ello.
miércoles, 10 de septiembre de 2014
¿QUIEN SE ACUERDA?
Septiembre 13, 2014
Me da que las torres no suelen ser objetos de buena suerte.
Cuentan las crónicas que, por intentar hacer una torre
que llegara al cielo, se dispersó la humanidad
y fueron incapaces de comunicarse en la misma
lengua desde entonces.
Hemos visto después cómo las torres han servido
para aislarnos.
Nos acercaban a las nubes pero nos aislaban
de la tierra. Las torres babilónicas, los torreones de guardia, las torres del homenaje…
En Nueva York teníamos dos torres.
Eran gemelas, iguales.
Allí se escondía el poder del dinero, el motor que mueve el mundo, y el poder militar.
El PODER en mayúscula.
De repente unos iluminados decidieron acabar con el futuro y volver la vista atrás. Nos destruyeron las torres.
El precio de tal destrucción fueron vidas, muchas vidas, tantas que nunca sabremos. Como nunca sabremos ni el quién ni el porqué de tal locura.
Han pasado 13 años.
El polvo se disipó. Los escombros se recogieron.
Los cadáveres y pedazos de vida fueron enterrados.
El olvido empezó a tender su manto.
Y como vivimos en la era del internet, del tiempo virtual, del hoy es lo que cuenta, el ayer no existe, nos hemos conformado con mirar hacia un futuro que no sabemos si es real o no.
¿De qué sirve acordarse?
Recuerdo un viejo marine, trabajador de una compañía privada de seguridad, quien afirmaba que los terroristas nos habían cogido con los pantalones bajados.
Cuando las torres recibieron su primer intento de destrucción en la década de los noventa, todas las fuerzas del estado empezaron a hacer proyecciones, cálculos, utilizar computadoras sofisticadas, a leer las conciencias de los ciudadanos., entrar en las intimidades. Se convirtió el estado en el Gran Hermano.
Los terroristas utilizaron algunas armas que no les había costado nada pero que eran más eficaces que todos los arsenales. Empezaron a usar sus cerebros y a tener paciencia.
Un viejo refrán árabe afirma que "hay que sentarse a la puerta de la casa a ver pasar el cadáver del enemigo".
Esa paciencia del marginado, del despreciado porque habla otro idioma, viste y reza distinto, del que tiene unos ideales de futuro y una visión del mundo distinto.
Esa paciencia de los que saben esperar y ver cuándo crece la hierba fue lo que ayudó a que las Torres Gemelas cayeran.
Ha pasado el tiempo.
Ya tenemos un retrato virtual de los autores materiales.
De los autores intelectuales no lo sabemos,
y a estas horas de la historia, ni siquiera nos interesa.
Aquellos muyahidines, protegidos bajo la sombra del Capitolio y la Casa Blanca, se han reconvertido en yihadistas sofisticados, que utilizan las redes
sociales para sembrar el odio y el miedo.
Que han vivido y crecido en vecindarios de clase media tanto europeos como americanos.
Ya no son nómadas del desierto afgano. Son hijos del odio, del desprecio y del rechazo.
Rezan como musulmanes, pero hablan en inglés londinense.
Los que tumbaron las torres gemelas admiraban a Osama bin Laden.
Estos no sabemos a quién admiran, pero sí sabemos que nos han metido el miedo en el cuerpo, el recelo en el alma, el odio en el corazón.
Se sentaron pero no olvidaron.
Ahora recogen lo que sembraron: odio, sangre y destrucción.
Mientras tanto, nos olvidamos de los que estaban en las Torres,
el avión de Pensilvania y el Pentágono.
Tertuliasiglo21@aol.com
Me da que las torres no suelen ser objetos de buena suerte.
Cuentan las crónicas que, por intentar hacer una torre que llegara al cielo, se dispersó la humanidad
y fueron incapaces de comunicarse en la misma
lengua desde entonces.
Hemos visto después cómo las torres han servido
para aislarnos.
Nos acercaban a las nubes pero nos aislaban
de la tierra. Las torres babilónicas, los torreones de guardia, las torres del homenaje…
En Nueva York teníamos dos torres.
Eran gemelas, iguales.
Allí se escondía el poder del dinero, el motor que mueve el mundo, y el poder militar.
El PODER en mayúscula.
De repente unos iluminados decidieron acabar con el futuro y volver la vista atrás. Nos destruyeron las torres.
El precio de tal destrucción fueron vidas, muchas vidas, tantas que nunca sabremos. Como nunca sabremos ni el quién ni el porqué de tal locura.

Han pasado 13 años.
El polvo se disipó. Los escombros se recogieron.
Los cadáveres y pedazos de vida fueron enterrados.
El olvido empezó a tender su manto.
Y como vivimos en la era del internet, del tiempo virtual, del hoy es lo que cuenta, el ayer no existe, nos hemos conformado con mirar hacia un futuro que no sabemos si es real o no.
¿De qué sirve acordarse?
Recuerdo un viejo marine, trabajador de una compañía privada de seguridad, quien afirmaba que los terroristas nos habían cogido con los pantalones bajados.
Cuando las torres recibieron su primer intento de destrucción en la década de los noventa, todas las fuerzas del estado empezaron a hacer proyecciones, cálculos, utilizar computadoras sofisticadas, a leer las conciencias de los ciudadanos., entrar en las intimidades. Se convirtió el estado en el Gran Hermano. Los terroristas utilizaron algunas armas que no les había costado nada pero que eran más eficaces que todos los arsenales. Empezaron a usar sus cerebros y a tener paciencia.
Un viejo refrán árabe afirma que "hay que sentarse a la puerta de la casa a ver pasar el cadáver del enemigo".
Esa paciencia del marginado, del despreciado porque habla otro idioma, viste y reza distinto, del que tiene unos ideales de futuro y una visión del mundo distinto.
Esa paciencia de los que saben esperar y ver cuándo crece la hierba fue lo que ayudó a que las Torres Gemelas cayeran.
Ha pasado el tiempo.
Ya tenemos un retrato virtual de los autores materiales.
De los autores intelectuales no lo sabemos,
y a estas horas de la historia, ni siquiera nos interesa.
Aquellos muyahidines, protegidos bajo la sombra del Capitolio y la Casa Blanca, se han reconvertido en yihadistas sofisticados, que utilizan las redes
sociales para sembrar el odio y el miedo.

Que han vivido y crecido en vecindarios de clase media tanto europeos como americanos.
Ya no son nómadas del desierto afgano. Son hijos del odio, del desprecio y del rechazo.
Rezan como musulmanes, pero hablan en inglés londinense.
Los que tumbaron las torres gemelas admiraban a Osama bin Laden.
Estos no sabemos a quién admiran, pero sí sabemos que nos han metido el miedo en el cuerpo, el recelo en el alma, el odio en el corazón.
Se sentaron pero no olvidaron.
Ahora recogen lo que sembraron: odio, sangre y destrucción.
Mientras tanto, nos olvidamos de los que estaban en las Torres,
el avión de Pensilvania y el Pentágono.
Tertuliasiglo21@aol.com
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