Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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viernes, 25 de octubre de 2013

OTRA ROMA

Desde La Residencia de Santa Marta, Roma,  Octubre 27, 2013
Casi ocho meses después de la elección del obispo de Roma, al que fueron a buscar al fin del mundo, he vuelto a recorrer las calles de la Ciudad Eterna. 
Y las impresiones son que la ciudad ha cambiado pero sigue siendo la misma.
Ha cambiado en el sentido de que ahora el pueblo romano, la gente normal, corriente y ordinaria habla de su obispo con naturalidad, con alegría y añoranzas
Ya no es ni el eslavo que los dejó desconcertados cuando, en contra de todo pronóstico, ocupó la sede episcopal de Roma. 
Hacía más de cuatro siglos que un italiano no dirigía la Iglesia.
El Papa eslavo duró demasiado tiempo y desconcertó a los romanos, acostumbrados a todo. 
Fue la atracción religiosa por cerca de 26 años. 
Gentes de todo el mundo venían lo miércoles a verle. 
Fue el gran actor de teatro que tuvo el escenario más universal jamás imaginado para anunciar que no debemos tener miedo, que abriéramos las puertas del corazón a Cristo. 
Los romanos nunca lo consideraron parte de su historia, su vida, sus ansias y esperanzas, sus penas y tristezas. 
Bien es verdad que vivían de él, sus multitudinarias reuniones y llamadas a la solidaridad. 
Los peregrinos venían a Roma a verle, no a escucharle. 
Fue un fenómeno mediático.
Tampoco el anciano profesor alemán, hombre lleno de sabiduría, fe y gran coraje llenó el corazón de los romanos. 
Cuando tomó posesión de su sede se celebraba la salida de las tropas del III Reich de la ciudad sesenta años antes. 
Medio millón de alemanes se reunieron en la Plaza de San Pedro para celebrar que un alemán, un sexenio posterior, tomaba el poder de una Iglesia cansada, envuelta en un laberinto grande de problemas, escándalos y pesimismo. 
Ni en la mente más calenturienta habría espacio para la idea de un Papa agotado por los escándalos, cansado por los abusos, disminuido por las traiciones, tímido pero enérgico, intelectual pero sencillo, que íbamos a asistir a una renuncia papal. 
No pudo más y abrió definitivamente las puertas de la Historia de la Iglesia a una nueva etapa. Con la elección del hombre venido del fin del mundo, ha empezado una nueva historia en esta ciudad experimentada, dura, acogedora, traidora, legendaria, fantasmal. 
No quiere romper con el pasado pero mira con ilusión el futuro. Por sus calles aparecen las lacras de la sociedad de consumo que desprecia al emigrante, olvida a los ancianos, ve vacías sus escuelas de niños romanos, se adorna con hábitos de monjas de todos los colores y estilos, sotanas rojas, blancas, negras o moradas de sacerdotes llegados desde todos los confines del globo. Roma,
la ¨Vieja Señora” necesita llenarse de esperanza, de alegría, de deseos de acoger y de reír, de llorar y esperar, de mirar el futuro con esperanza. 
Y un hijo de emigrantes, nacido él mismo en la emigración, que sabe lo que es dejar la Casa Paterna, la Patria, ha sido elegido para dar ilusión a la ciudad, al mundo.
Estamos asistiendo al nacimiento de otra Roma, la ciudad que se ha reciclado miles de veces, que ha acogido y rechazado pueblos, culturas, religiones. Y ese renacimiento de la ciudad y del planeta viene de las manos de un hijo de emigrantes venido desde el fin del mundo, o sea desde América Latina. 
Ya se nota.

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