Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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viernes, 19 de diciembre de 2014

Cuento de Navidad: Pepe el Carpintero

Autor: Padre Tomás Del Valle-Reyes
El pueblo donde Pepe vivía no era precisamente un lugar divertido.

Apenas media docena de casas diseminadas en las faldas de una montaña. 
Cada una tenía un pequeño jardín donde se acumulaban gallinas, alguna oveja, chiquillos gritando y jugando. 
Era un pueblo donde no pasaba nada.
El abuelo de Pepe le había iniciado en las destrezas de la albañilería, el trabajo en madera y la herrería. 
De todo había que saber por si surgía alguna chapuza. 
Bien es verdad que en la vecindad había una ciudad romana donde se habían dado unos enfrentamientos entre insurgentes y fuerzas de ocupación. 
Los resultados fueron desastrosos para ambas partes. 
La ciudad fue destruida y la sangre rebelde empapó inútilmente la tierra.
Pasados los enfrentamientos, se reconstruyó la ciudad. 
Eso llevó a la contratación de mano de obra especializada. 
Y Pepe pudo conseguir un trabajo más o menos estable que le permitió ayudar a la familia y, sobre todo, salir del pueblo.
De domingo a jueves la jornada era agotadora. 
Era un largo de camino. A ello se añadía el trabajo. 
Total, que los fines de semana los dedicaba a descansar y a cumplir con la Ley de Dios, algo que había visto desde niño en la familia.
Ya estaba entrando en edad de buscar una mujer para hacer pareja y formar una familia. 
Los ahorros de sus trabajos esporádicos en el pueblo más lo acumulado en la reconstrucción de Séforis le permitía mirar el futuro con optimismo.
Había varias muchachas en el pueblo en edad casadera. 
Y, a no dudarlo, le había echado el ojo a alguna de ellas. 
En las conversaciones con su padre salió en más de una ocasión el tema. 
Era tiempo ya de ir pensando en una familia. 
Y que fuera numerosa. 
Padre e hijo se pusieron a la tarea de buscar y escoger. 
El padre tendría la última palabra. 
Se encargaría de hacer el contrato con el futuro suegro de su hijo.
Después de ojear y conocer lo que había, se decidieron por una tal María. Se veía buena persona. 
De constitución fuerte y capaz de ser buena madre. Era hija única de una familia que tenía lazos con la tribu de Levi. 
Un familiar lejano, de nombre Zacarías, esposo de Isabel, su prima mayor, era sacerdote en el templo de Jerusalén. 
Sería un buen partido.
Según lo acordado por las leyes vigentes el padre de Pepe se entrevistó con el padre de María. 
Acordaron el matrimonio para el año siguiente. 
Se celebró una gran fiesta para el anuncio. 
Todo el pueblo se alegró y participó. 
La verdad que la vida era tan aburrida que un simple compromiso era motivo de celebración.
Allí nunca ocurría nada.
Un jueves al regresar Pepe del trabajo preguntó por María.
Le dijeron que había tenido que ir a visitar a una vieja prima que, según rumores, estaba embarazada. 
Le extrañó que se hubiera ausentado sin avisarle. 
Al día siguiente buscaría más información. 
En ese momento lo que le pedía el cuerpo era descansar.

Pasaron varios meses. 
Era tanto el trabajo que cuando regresaba a la aldea era a descansar y dormir. 
Un sábado al salir del culto un vecino le saludó con cierto tono e ironía y le preguntó por su prometida. 
No sabía que había vuelto. 
Fue a la casa a buscarla. Su sorpresa fue grande. 
Aquella hermosa joven, alegre, habladora, le miró fijamente. 
Se quedó pasmado. 
La mujer con quien soñaba, la futura madre de sus hijos, la joven de largo cabello negro, tez morena, estaba embarazada. 
Y por el tamaño del vientre de unos 4 meses. 
El mismo tiempo que no se veían.
El silencio fue la única respuesta. 
La miró profundamente a los ojos y se alejó con ánimo de no volverla a ver.
Todo aquello quería que hubiera sido una pesadilla de la cual se despertaría al día siguiente. 
No podía ser que su María lo hubiera engañado. 
Se fue a caminar solo por entre los olivos del pueblo. 
No quería hablar con nadie. Entrada la noche volvió a la casa. 
No quería que le vieran los ojos hinchados de tanto llorar. 
Se fue a dormir al pajar argumentando que hacía mucho calor en la casa y prefería el fresco de la noche.
Tardó mucho en dormir. 
Al amanecer, con el canto de los gallos, empezó a desperezarse. 
Se sentía más tranquilo. 
Se lavó la cara con el agua del cubo que había junto al aljibe. 
Besó a su madre que salía al patio a echar de comer a las gallinas. 
En el horno encontró unos pedazos de pan y un cuenco con leche de cabra recién hervida. Tranquilamente comió y salió decidido a encontrarse con el rabino para que anulara el contrato de compromiso de matrimonio. Se iría del pueblo. 
Quizás en Séforis encontraría un lugar para vivir. 
El caso era alejarse y olvidarse de María. 
No iba a ser agradable el estar en boca de todo el pueblo.
Cuando iba caminando hacia la sinagoga se encontró con un muchacho. 
No pasaría de los diez o doce años. 
Nunca lo había visto. Vio que se dirigía hacia él con decisión. 
Cuando estaban frente a frente le miró fijamente a los ojos, con una mirada que nunca jamás olvidaría, y serenamente le dijo: “Pepe, no temas, María no te ha engañado. Acuérdate de las Escrituras. No la rechaces” 
Dicho esto aquel extraño muchacho desapareció. 
Pepe tardó varios minutos en reaccionar. 
Tenía su cabeza hecha un lío y no sabía exactamente lo que estaba pasando.
Tuvo que sentarse a la vera del camino. 
Después de un rato se levantó lentamente y se puso a caminar sin rumbo fijo. Terminó frente a la casa de María. 
Ella volvía en ese momento del pozo de la aldea. 
Cargaba un pesado cántaro. 
Se acercó lentamente a ella y le tomó el cántaro depositándolo en el suelo. 
Luego la agarró de las manos y, mirándola profundamente a los ojos, se abrazaron. ¿Cuánto duró el abrazo? No sabemos. 
Lo que sí sabemos que aquello fue un empezar que nunca tuvo fin.
La vida siguió su ritmo. 
Los romanos seguían fastidiando la vida. Ahora había que llenar el censo. 
Y Pepe era de apellido David, por tanto tenía que ir al pueblo de sus ancestros, allá en las montañas de Judá. 
Menos mal que tenía unos ahorros y pudo comprar un buen burro para hacer el camino. 
Y María iría con él a las buenas o las malas, no estaba dispuesto a dejarla sola un día más. 
Y nada, a tirar para adelante. Menos mal que les tocó buen tiempo e hicieron buen camino, aunque se perdieron varias veces.
Al llegar al pueblo de David no encontraron un miserable cuarto en las posadas.
Lo poco que había estaba completamente lleno. 
Gracias a un paisano lejano logró en la parte alta de de pueblo un espacio en una de las cuevas de la casa.
Lo solían utilizar para refugio de las ovejas en invierno, pero como era primavera estaba vacío y, dadas las circunstancias, servía perfectamente. Hambre no tenían mucha, pero sueño sí. Cayeron rendidos.
A medianoche María empezó a revolverse en el jergón de paja y a gemir. 
Pepe se despertó y, para sorpresa suya, estaba húmeda la paja. 
María había roto aguas y estaban solos. 
Y la verdad él sabía de maderas, clavos y piedras, pero en eso de asistir a un parto no sabía gran cosa. Salió a buscar agua y auxilio. 
Recordaba que en las alforjas María había puesto unos paños y fue a buscarlos. 
Cuando regresó se quedó pasmado. 
María estaba semiacostada y tenía entre sus brazos un hermoso bebe que no paraba de llorar. 
Como pudo lo lavó y lo calmó un poco. Nunca había visto tan hermosa a su mujer.
Aquel nacimiento le cambió la vida por completo. 
No pensaba que el ser padre iba a ser tan complicado pero a la vez tan lindo.
Pepe hizo suyo aquel hijo y nunca abandonó a María. 
Fue el protector de ambos para siempre.
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