Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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viernes, 30 de octubre de 2015

VOLVIENDO A PEDRO

Setiembre 2015 (Publicado en el Periódico La Voz, de la Arquidiócesis de Brooklyn)
Habían pasado los primeros años después de la partida del Maestro.
Sus seguidores se iban extendiendo como mancha de aceite por los alrededores no ya tan sólo de Jerusalén, sino incluso de pueblos lejanos.
Tan lejanos que muchos ni hablaban ni entendían arameo. Total, no era muy necesario. El hijo de un judío emigrante se había encargado de anunciar un mensaje, el que no obligaba a leyes, sino a actitudes, el que recordaba que la limpieza de corazón, la construcción de la paz, el amor por los demás, era lo que importaba ante el Altísimo.
Tanto en la Galilea como en Jerusalén empezaron a escucharse voces de descontento.
Moisés había sido muy claro, la ley es la ley y hay que cumplirla. Y se había sido muy preciso, no se destruye la ley, se perfecciona y se cumple.
Y punto. Pero los nuevos seguidores, alentados por prédicas no muy bien comprendidas, pareciera que quisieran hacer unas nuevas leyes, nuevos acomodos.
Y surgieron dos bandos, y muchas discusiones. Había que buscar soluciones y respuestas.
Los seguidores del predicador hijo del emigrante fariseo que había estudiado con Gamaliel, profundo conocedor de la Ley Mosaica, decidieron, no sin antes orar profundamente, entrar en diálogo con Pedro, el encargado por el Maestro de organizar, dirigir y controlar la Asamblea, la Comunidad. A este encuentro asistirían Santiago, y los hermanos de Jerusalén.
Se dialogó, se discutió, se oró y se buscaron soluciones a los problemas surgidos ante la presentación de la buena nueva de Jesús al mundo no judío, al mundo no creyente, al mundo que no hablaba el lenguaje de los primeros seguidores, los que habían escuchado y asistido a los hechos llevados a cabo por Jesús de Nazaret. Y, encontradas las soluciones, se dispusieron a anunciar que la buena nueva es para todos.
Tal hecho quedó en la memoria colectiva de toda una comunidad.
Cuando esa comunidad se organizó nunca olvidó aquella asamblea que sirvió para orar en común, estudiar y dialogar sobre los problemas que iban surgiendo en el devenir de la vida, y tomar soluciones a la luz del Espíritu Santo guiados por la palabra y la autoridad de Pedro y los demás discípulos. Tal reunión pasó a la historia con el nombre de Concilio de Jerusalén.
Han pasado casi dos mil años de aquella primera reunión conjunta.
Los problemas que aquejan a la comunidad de los creyentes actuales, al igual que a la gran familia humana, han cambiado. Ya no son discusiones de comidas, de circuncisiones, leyes mosaicas y alguna otra cosa lejana en el tiempo y en la memoria. Hoy la comunidad de los seguidores de Jesús se enfrenta a nuevos retos, los de la globalización, los cambios climáticos, las guerras de religión y un largo etcétera. Sigue siendo pequeña en su universalidad.
Pedro se ha ido haciendo presente en la historia a través de sus sucesores. Sigue entre nosotros. Y el que lo representa en estos momentos ha llegado a Roma, la Caput Mundi, la Cabeza del Mundo, desde los confines de la tierra. Tiene mucho polvo acumulado en sus ropas y en sus sandalias. Y de tanto recorrer y escuchar ha logrado identificar también los problemas que afectan a la comunidad. Uno de ellos, quizás el más importante, es la esencia misma de la comunidad.
Para el sucesor de Pedro, al igual que para toda la Iglesia, la primera comunidad creyente es la familia. Y esa pequeña comunidad creyente, la familia, está en crisis. Está rota, sufriendo, viendo su futuro con incertidumbre. Hay nuevos modelos, nuevos enfrentamientos, nuevos retos. Y, al igual que el primer Pedro ha convocado a los hermanos para orar, dialogar y buscar soluciones ante los nuevos retos a los cuales la familia humana se enfrenta.
En octubre se juntarán en Roma los representantes de las fuerzas vivas de la Iglesia, como en Jerusalén en el siglo I. Entonces llegaron a soluciones cuyas consecuencias aún vivimos. La reunión de este año se llama el Sínodo de los Obispos. Es lo mismo, pero con distinto nombre. Esperemos y pidamos que con los mismos resultados.
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