Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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viernes, 18 de junio de 2010

EL BOHÍO NUYORICAN

Es difícil saber cuando fue que llegó a Nueva York el primer puertorriqueño. Dicen que fue en el siglo XIX cuando comenzaron los viajes de ida y vuelta entre la Isla y la ciudad. Sólo Dios sabe. El caso que fue a partir de San Felipe cuando empiezan a venir boricuas a montones. No solamente trajeron sus ganas de trabajar, de vivir, de construir unos futuros mejores. René Marqués y Esmeralda Santiago con “La Carreta” y “Cuando fui puertorriqueña” son los cronistas de esas historias de alegrías y esperanzas, penas y tristezas de los puertorriqueños.


Los boricuas vinieron en bonche y trajeron sus costumbres, formas de vida, ilusiones, lamentos, sueños. Una vez ubicados en el Bronx y en Manhattan empezaron a hacer de las suyas. Y cuando se emborrachaban hasta la pata los fines de semana le entraban a gaznatás a la esposa, y dejaban sin comer y traumatizados a los muchachitos. Luego el lunes, con su ¡Ay, Bendito! se les olvidaba todo y volvían a las factorías, a las bodegas, a las oficinas del welfare. Mientras tanto esas esposas maltratadas, esos hijos asustados y traumados, tenían que seguir viviendo.

Es verdad que no todos eran abusadores. Hubo un grupo de boricuas que decidieron fundar un bohío en Manhattan para poder brindar razones para vivir a los necesitados de calor humano, de sanación, de aliento, sobre todo niños y ancianos. Estaban conscientes de que la familia es fundamental para que los niños crezcan saludables, los adultos se sientan acogidos y den sentido a sus vidas, los ancianos puedan ver el declinar de sus vidas con serenidad. Pero claro, estaban en los nuyores y aquí eso de bohío sonaba raro. Y se inventaron un Instituto, el Puerto Rican Family Institute, el PRFI. De eso han pasado cinco décadas, cincuenta años, medio siglo. O sea, un fracatán de tiempo.

Durante todo este tiempo un grupo de profesionales de la salud mental, de la educación, del trabajo social, han ayudado a sanar heridas, dando consejos, mitigando soledades, alentando ilusiones para empezar de nuevo.

Los retos y las comunidades actualmente son nuevos. Muchos de aquellos boricuas primeros ya se fueron. Ahora los de habla hispana proceden de otros países, otras culturas, otras religiones. Es verdad que algunos problemas siguen presentes, como la violencia familiar, el desarraigo, el alcoholismo, el SIDA, la deserción escolar por parte de niños y adolescentes. Para todos ellos el PRFI sigue con la ilusión del primer momento sirviendo a la comunidad. Lejos quedan en el recuerdo, que no en el olvido, los nombres de los fundadores y primeros colaboradores y soñadores.

Ahora está al frente del PRFI María Elena Girone, una boricua de las del corazón del rollo, que se las sabe casi todas y que empezó como trabajadora social en prácticas, (o sea sin cobrar un chavo prieto) en el lejano 1967. Será en 1986 cuando se haga cargo de la dirección del PRFI hasta el momento. Su reto no es otro que seguir ayudando para que las familias latinas, sin distinción de origen, no se desintegren, no se deshagan, reciban apoyo y miren el futuro con alegría y esperanza. Y por si eran pocos los latinos, también se ayuda a morenos, polacos y judíos. ¿Seguimos otros 50 años? Vamos pa´lante

Tertuliasiglo21@aol.com
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