Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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sábado, 5 de mayo de 2012

Abril 24, 2012 Discurso de S.E.R. Cardenal Jaime Ortega.

(Nuestro Agradecimiento a la Oficina del Cardenal por proveernos este discurso)
Conferencia pronunciada por
S.E.R. Cardenal Jaime Ortega Alamino, Arzobispo de La Habana.
Conferencia de Harvard,

Queridos amigos:
Hay algunas premisas a tener en cuenta cuando se intenta descubrir la actuación de la Iglesia Católica en un país o región durante tal o cual período de la historia de ese lugar.
Lo primero es conocer la naturaleza de la Iglesia, su esencia, después su forma de proyectarse y actuar a través de 2000 años de historia, teniendo en cuenta épocas y culturas, la evolución de la humanidad en el transcurso del tiempo, el contexto y la óptica del analista, si mira la realidad de la Iglesia como un extraño a ella o un conocedor, si lo hace a partir de su propia fe cristiana, o siendo agnóstico, ateo, budista, musulmán, etc. y según la cultura donde está insertado el observador. La extrañeza o la distancia no son condiciones necesarias para la objetividad. No es más objetivo quien es más distante del fenómeno observado. En muchos casos la objetividad necesita de la inmersión en el fenómeno, incluso si entran en juego factores emotivos o afectivos.
Este preámbulo sitúa desde el inicio mi exposición. Hablo desde la Iglesia, como un cercano colaborador del Santo Padre Benedicto XVI por mi condición de CardenalAmo a la Iglesia con todo mi corazón. Sufro sus miserias, me duele cuando la atacan, incluso si soy atacado en mi persona me duele por la Iglesia, no en primer lugar por mí.
A mi pertenencia no sólo estructural, sino íntimamente cordial a la Iglesia, se une mi condición de cubano que vive en Cuba, que todo su ministerio sacerdotal y episcopal lo ha desarrollado en ese país durante 48 años, cabalgando entre el siglo XX y el XXI, en el período de más de cincuenta años de esta historia que ha hecho de nuestro país un caso singular en este mundo. Un país que quiero con el alma.
Estudié fuera de Cuba, pero nunca deseé vivir fuera de Cuba. Cuando a los dos años de ser sacerdote, fui llamado a campos de trabajo donde pasé ocho meses, no soñé en ese tiempo con irme de Cuba. Cuando me dieron de baja y llegué a mi casa, mi padre me esperaba con un viaje a España que él había conseguido para que fuera a vivir allí. Todo el que salía de aquellos campos tenía facilidades del gobierno para abandonar el país. Le dije a mi padre que no me iría, se entristeció porque estaba preocupado por mí y mi futuro.
Pero yo no quería irme de Cuba. Cuba para mí es mi patria, tan mía que la siento en los olores del ambiente, en los cielos amenazantes de un huracán, en las tardes dulces de su falso invierno, en el hablar de su gente, en su música. Tanto es así, que a veces temo participar de esa arrogancia del cubano de todas partes, del de Cuba y del de fuera de Cuba de creernos los mejores. Quizás este rasgo negativo sea el que más nos une a los cubanos de aquí y de allá.
Todo esto para decirles que quien les va a hablar de la Iglesia en Cuba es un obispo cubano. No podemos entrar en la historia muy compleja de la Iglesia en Cuba, desde los tiempos coloniales hasta nuestros días. Fijar nuestra atención en los 53 años del período revolucionario que se inició en 1959 hasta hoy, es ya una simplificación indebida y más indebida aún será la metodología de analizar en este período algunas subdivisiones del tiempo y las características de la acción de la Iglesia en cada una de esas etapas. Pero será el único modo de ser breve.
Estas son las etapas iniciales que me apresto a delinear:

Primera:

Una fácil aceptación del triunfo revolucionario por encontrar en él valores cristianos. Esto por parte de jerarquía y pueblo en general.
Rápidamente después (al año del triunfo), comienza un tiempo de inquietud por la aparición en cargos importantes del gobierno de miembros del viejo partido comunista de Cuba y de fuerte confrontación: presencia de sacerdotes en la invasión de Bahía de Cochinos, expulsión de sacerdotes, cierre de las escuelas católicas, partida de muchas religiosas y religiosos que abandonaron sus obras ante el temor de lo que pudiera suceder o que perdieron sus obras, ataques a las iglesias por parte de grupos exaltados, etc.
Este momento, con su impacto negativo en los fieles católicos, marcó la memoria de un sinnúmero de personas mayores que residen ahora en Cuba o que viven fuera del país. Esta huella es difícil de ser borrada, sobre todo para quienes emigraron y no vivieron la evolución posterior.
Actitud de los obispos en este primer momento: expresar su queja y su dolor y pedir a los cristianos firmeza en la fe y lealtad a la Iglesia.
La Iglesia, como organización quedó muy disminuida y sin medios para comunicar con el pueblo y con los fieles. Comenzó la emigración en gran escala de laicos católicos de sólida formación.

Segunda etapa:

Terminada aquella primera confrontación clamorosa la comunidad cristiana vivió como una iglesia del silencio, con su memoria poblada de malos recuerdos y viendo las huellas del distanciamiento, y aún del desprecio, en muchos hermanos del pueblo cubano. No podemos olvidar que la Revolución tenía un amplio respaldo popular.
La actitud de la Iglesia en esta etapa fue la paciencia, la perseverancia y la prudencia. Durante esta etapa que se extiende desde 1962 en adelante hubo momentos de recrudecimiento de la confrontación. El año 1966 fue ocupado el Seminario Nacional de La Habana. Un sacerdote fue enviado a la cárcel, donde pasó 10 años, se crearon campos de trabajo, a los cuales fueron llevados los hombres jóvenes de la Iglesia Católica y de otras iglesias y comunidades cristianas, incluyendo sacerdotes y ministros de culto de esas iglesias; se suspendieron los permisos de entrada de sacerdotes y religiosas a Cuba, se exigió que sólo los padres podían llevar a sus niños a la catequesis.
Este segundo asalto dejó a la Iglesia más aislada, más atemorizada. Era una Iglesia centrada en el culto, que predicaba a los cristianos jóvenes y adultos que dieran testimonio de su fe con su vida. Esta etapa que se extiende hasta los inicios de la década de los 80 se caracterizó por el testimonio admirable de los laicos: hombres y mujeres.
Durante estos años en América Latina surgen fuertes corrientes sociales, se mira con simpatía la revolución cubana y dentro de la Iglesia en Latinoamérica surge un pensamiento radical para combatir las desigualdades sociales. Estos movimientos decían que la Iglesia en Cuba no estaba del lado de los pobres y tenían simpatías en medios europeos. De tal modo que un purpurado europeo declaró a la prensa que “la Iglesia en Cuba no tenía más que lo que merecía, por no haberse puesto al lado de los pobres”.
La Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en Medellín y más tarde la de Puebla no se ajustaban a nuestra realidad.
La Iglesia en Cuba se sintió totalmente aislada e incomprendida. En este período no fueron pocos los laicos que optaron por permanecer en Cuba a causa de su fe católica. No agradeceremos nunca suficientemente este testimonio laical, pues se dio en condiciones de estrechez material, de pobreza extrema, de discriminación en los trabajos y en los estudios, sobre todo universitarios. Hay que subrayar que este testimonio logró impactar muchos ambientes laborales y estudiantiles y fue uno de los principales factores para que la gente viera que la Iglesia no era dañina, que los miembros de la Iglesia eran fiables, que la Iglesia hacía el bien, que ayudaba al prójimo en sus dificultades, que los escuchaba en sus angustias y problemas.

Tercera etapa:
Con estos laicos comienza en 1981 el proceso de la Reflexión eclesial cubana, que culminó con el Encuentro Eclesial Cubano en 1986. Estos cinco años de reflexión en cada comunidad, en cada diócesis, con el Encuentro que los culminó, constituyeron una etapa decisiva en la historia de la Iglesia en Cuba en todos los tiempos. En el espacio de estos 53 años del período revolucionario, la Iglesia considera el Encuentro Eclesial Cubano como un hito decisivo que divide esta etapa en antes y después de ese encuentro.

Cuarta etapa:

Se inicia así un período que va, con sus altas y bajas, pero lentamente en ritmo ascendente, desde 1986 hasta nuestros días. He aquí las líneas de acción de la Iglesia en Cuba surgidas del Encuentro Eclesial Cubano: la Iglesia reunida en una gran Asamblea, integrada por la Conferencia Episcopal en pleno, sacerdotes, religiosas y sobre todo laicos de todas las diócesis de Cuba, reflexionó sobre la Iglesia en la Historia de Cuba, su papel en el surgimiento de la nacionalidad cubana, los prohombres católicos, sacerdotes y laicos del siglo XIX, la Iglesia en la República, su resurgimiento después de las guerras de Independencia, y la Iglesia del período revolucionario, la Iglesia en relación con la fe popular, con la cultura, etc.
De una Iglesia temerosa, replegada sobre sí misma, centrada sólo en el culto, la propuesta del ENEC fue la de una Iglesia misionera, que debía salir a anunciar a Jesucristo, una Iglesia acogedora de quienes llegan, sean que se sienten identificados con el sistema político cubano o no. Una Iglesia que ora, pero encarnada aquí, es decir que sabe que existe para nuestro pueblo y vive en nuestro pueblo y no se repliega. La actitud propia de esta época es el diálogo. Debemos dialogar entre creyentes y no creyentes, entre la Iglesia y las autoridades, entre los católicos de Cuba y los que viven en el extranjero, etc. Este encuentro y la acción pastoral que propició hicieron posible la visita del Papa Juan Pablo II a Cuba.

Con sus altas y bajas esta etapa de la vida de la Iglesia cambió su perspectiva y tiene justamente su punto culminante de apertura y de diálogo con la visita del Papa Juan Pablo II a nuestro país. Fue este un momento saliente y único de nuestra historia eclesial. La Iglesia en Cuba, en esa visita, se dio a conocer al mundo, apareció en los medios nacionales de comunicación: prensa, radio y televisión. Los mismos cubanos captaron que había en Cuba una Iglesia viva y dinámica. Vino después la celebración de la Navidad como día de fiesta civil, comenzaron las visitas de sacerdotes, diáconos y religiosas a las cárceles, se conceden con facilidad los permisos para que sacerdotes y religiosas extranjeros vengan a trabajar en Cuba, para que los seminaristas o sacerdotes cubanos vayan a estudiar a Roma, España u otros países. Las publicaciones católicas tienen una buena difusión y aceptación por católicos y no católicos, se hace más fluido el diálogo entre la Iglesia y las autoridades, se extienden las manifestaciones públicas de la fe católica, etc.
Una mención especial merecen las obras sociales. Hace 20 años fue creada Cáritas Cubana que comenzó a dar sus primeros pasos lentamente, pero que rápidamente ha ido alcanzando un desarrollo en obras y en efectividad con ayuda de Cáritas de Alemania, de España, Catholic Relief Service de Estados Unidos, la Conferencia Episcopal Italiana, la Orden de Malta y otros como la Arquidiócesis de Boston.

Cáritas tiene un amplio programa para atención a la tercera edad, con comedores en parroquias o en centros diversos y un personal muy bien preparado que lo atiende y forman parte de un voluntariado de más de mil integrantes que lo apoyan. Hay también programas para personas con Síndrome de Down, autistas, portadores de VIH y otros, siempre con la ayuda de un voluntariado en cada campo. También hay guarderías para niños de familias irregulares de 1-5 años que son atendidos por Cáritas. En caso de catástrofe la labor asistencial de Cáritas se activa rápidamente y el trabajo de un voluntariado ampliado ha permitido que las ayudas se distribuyan en breve tiempo, tanto las que llegan del exterior como las que la Iglesia en Cuba aporta. Esta acción social de la Iglesia es muy conocida y apreciada por el pueblo.

En el futuro inmediato en nuestro país se proyectan concretamente cambios fundamentales en la organización económica del Estado. Esto nos implica a todos, y la buena marcha de estas transformaciones no depende solamente de las autoridades nacionales, provinciales o municipales en sus decisiones, sino de la comprensión adecuada, por parte del pueblo, de las medidas que comienzan a tomarse, y de nuestra capacidad crítica para expresar claramente nuestras divergencias o señalar cuanto nos parezca que debe ser modificado. Esa es una de las importantes responsabilidades que los gobernados deben asumir ante Dios. La Iglesia tiene también una alta responsabilidad en estos esfuerzos, incluyendo la oración por la buena marcha de este proceso y el acompañamiento del pueblo durante el mismo.

En consonancia con este momento, en el Centro Cultural que se ha inaugurado en el histórico edificio que albergó el Seminario San Carlos de La Habana, fiel a su historia, estudian hombres y mujeres laicos que se preparan en materias diversas: filosofía, teología, historia, etc. También se desarrolla una maestría en ciencia económica y administrativa que presta apoyo a los esfuerzos por actualizar el sistema económico de Cuba.
Hay centros con programas similares de los dominicos y de los jesuitas. Este último ayudando a los que ya trabajan por cuenta propia a gestionar sus negocios de modo conveniente.

La Iglesia en Cuba, en su acción pastoral, se propuso que un trienio preparatorio antecediera la celebración en el año 2012, de los 400 años del hallazgo y presencia de la Virgen de la Caridad en la historia y en la vida del pueblo cubano.
Como parte de este programa, desde mediados del año 2010, comenzó esta preparación con el recorrido misionero de una bendita imagen muy venerada de la Virgen de la Caridad por todas las ciudades, pueblos, caseríos y nuevos asentamientos humanos del país. Esta peregrinación culminó en la ciudad de La Habana el 30 de diciembre de 2011.
Ha sido realmente conmovedor contemplar las imágenes de la acogida multitudinaria a la Virgen de la Caridad, tanto en ciudades, como en poblados y cruces de caminos en todas las provincias de Cuba, en hospitales, cárceles, escuelas, en la Universidad de La Habana.
Además del número extraordinario de personas, es la calidad espiritual de la acogida lo que nos impresiona, pues incluye a diferentes grupos humanos sin distinción de práctica religiosa o de militancia política. Hemos verificado así una parte importante del lema que preside este tiempo preparatorio: “La Caridad nos une”. Pueden calcularse en millones de cubanos los que participaron en esta peregrinación.

Hace ya dos años se hizo realidad el sueño de terminar la construcción de un nuevo seminario nacional en La Habana, donde se preparan al sacerdocio jóvenes de toda Cuba. Damos gracias a Dios que ha bendecido grandemente esta obra. Para su construcción ha sido inestimable el apoyo económico de Knights of Columbus.
Hace también dos años, en el mes de abril, habiendo solicitado la Conferencia de obispos de Cuba a las más altas autoridades del país un diálogo, ante todo sobre la situación de los 53 prisioneros del año 2003 que aún estaban en prisión, fue acogida nuestra gestión humanitaria de modo positivo. La Iglesia en Cuba se había interesado siempre por estos prisioneros y por otros de condiciones parecidas, pero el hecho novedoso y positivo fue que en esta ocasión recibimos una respuesta concreta a nuestros reclamos y el gobierno pidió la mediación de la Iglesia Católica con los familiares de esos presos. Comenzó así un proceso de mejoramiento de las condiciones de estos reclusos, que incluyó finalmente la excarcelación de ellos para viajar a España con sus familias o permanecer en Cuba.
Del grupo de los 53 calificados como presos de conciencia 12 quedaron en Cuba, uno viajó después a Estados Unidos y el resto a España. Después se amplió este número hasta completar más de 120 presos con sus familiares que fueron también a España.
Ha tenido y tiene, pues, la Iglesia en Cuba una participación pública en la dimensión humanitaria y servicial de su acción pastoral que no había tenido en muchos años. Esto, como las expresiones públicas y comunitarias de fe y devoción religiosa, como la difusión de las publicaciones católicas, constituye un modo muy positivo de afianzar la libertad religiosa, que se ha visto ampliada progresivamente en estos últimos años en nuestro país. Y que es algo más que la libertad de culto.
El Papa Benedicto XVI se refirió en su homilía de la Plaza de la Revolución en La Habana a los pasos que se han dado en Cuba con respecto a la libertad religiosa, augurando que se extiendan siempre más sus posibilidades.

A ese respecto se refirió tanto a la participación de la Iglesia en el campo de la educación como a la de los cristianos en la construcción de la sociedad. El Papa pidió –al momento de partir– que nadie se sienta impedido de tomar parte en ese apasionante deber “por limitaciones de las propias libertades fundamentales, ni se sienta exonerado de ello por negligencia o carencia de medios materiales”.
El Papa invitaba así a todos los cubanos a participar en la construcción de “una sociedad de amplios horizontes, renovada y reconciliada”, superando cualquier dificultad o traba en este empeño.
Deseó que la luz del Señor, que ha brillado con fulgor en los días de su presencia entre nosotros, no se apague y ayude a todos a reforzar la concordia y a “hacer fructificar lo mejor del alma cubana, sus valores más nobles sobre los cuales es posible fundar una sociedad renovada y reconciliada”. Precisó el Santo Padre que la situación que vive Cuba “resulta agravada por las medidas económicas restrictivas impuestas desde el exterior del país, que pesan negativamente sobre la población”.

En resumen, el Papa hizo un llamado a dejar tanto en lo nacional como en lo internacional “posturas inamovibles y puntos de vista unilaterales” proponiendo no detenerse en el camino del diálogo paciente y sincero que genera esperanza.
En sus primeras palabras sobre Cuba en el avión que lo conducía a América, el Papa se refirió a los cambios de modelo socioeconómico necesarios en Cuba y dijo que debemos apoyar los cristianos esas búsquedas “de modo paciente y constructivo, evitando los traumas”. Es acertada su advertencia, porque todo salto brusco o violento produce traumas sociales que dejan huellas negativas en los pueblos.
El Santo Padre, fiel a su programa fundamental como Sucesor de Pedro, el que El presentó a los cardenales reunidos para el cónclave cuando explicaba que escogió el nombre de Benedicto, porque el último antecesor suyo con este nombre fue un Pontífice conciliador, ha venido a Cuba haciendo realmente honor al proyecto conciliador de su Pontificado, y esto sin callar la verdad, con claridad y a la altura programática de su augusto ministerio.
Sentimos ya cómo la huella de su paso ha marcado al pueblo cubano impresionado gratamente por la mansedumbre y la bondad reflejadas en las palabras y gestos del Papa Benedicto XVI, que constituyen una especial bendición para toda la nación cubana y para cada uno de nosotros. Esta visita del Santo Padre en el Año Jubilar Mariano de Cuba nos anima y fortalece en la celebración del año de la Fe que nos propone con tanto interés el Sucesor de Pedro a la Iglesia Universal. Será una especial ocasión para profundizar en esa fe que hemos constatado viva en el corazón de nuestros hermanos cubanos.
Queda, pues, un profundo sentimiento de gratitud y de esperanza en nuestra Iglesia en Cuba y en todo nuestro pueblo por la visita del Papa Benedicto XVI y un recuerdo emocionado de su presencia entre nosotros.
Su visita abre una puerta a la esperanza para la Iglesia en Cuba.
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