Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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miércoles, 18 de mayo de 2016

DIACONISA

(Cortesía de Editorial Rialp. Gran Enciclopedia Rialp, 1991)

Sin constituir, como los diáconos (v.), un grado jerárquico del sacramento del Orden (v. JERARQUÍA ECLESIÁSTICA), las d. ejercieron en la Iglesia antigua un ministerio auxiliar, particularmente en la administración de algunos sacramentos.

1. Historia. Desde los orígenes de la Iglesia, ha habido mujeres especialmente dedicadas al servicio de la comunidad cristiana. San Pablo recomienda a los romanos a Febe «diaconisa de la Iglesia de Cencreas» (Rom 16,1). 
En la primera epístola a Timoteo se determinan las condiciones requeridas en la mujer para ser inscrita entre las viudas (1 Tim 5,9-10); este último término designa más una función que un estado: San Ignacio de Antioquía (v.), en su carta a los de Esmirna (13,1) saluda a las «vírgenes llamadas viudas»; Tertuliano habla sólo de viudas, jamás de d. (cfr. Ad uxorem, 1,7; De virginibus velandis, 9). 

La Didascalia (v.) no siempre distingue claramente entre d. y viuda. Las Constituciones Apostólicas (v.) señalan mejor la diferencia: colocan a las d. por encima de las viudas (cfr. Const. apost. 3,8,1); las d. reciben una consagración (ib. 8,19-20) y son comparadas a los miembros del clero (ib. 8,31), mientras que las viudas no reciben imposición de manos (ib. 8,25,2).


En cuanto a sus funciones, las d. ayudaban a los miembros de la jerarquía en el ministerio pastoral respecto a las mujeres. 
Les correspondía el cuidado de los enfermos y de los pobres de su sexo y, en caso de necesidad, visitarles a domicilio (ib. 3,16,1; cfr. Epifanio de Salamina, Panarion, 79,3). 
Estaban al cuidado de la entrada de las mujeres en la iglesia y debían velar por la buena compostura de las mismas en las asambleas (cfr. Const. apost. 2,58,6; 8,28,6). 
Actuaban en la preparación de las mujeres para el Bautismo (cfr. Vie d'Olympias la diaconesse, ed. Bousquet, 247) y ayudaban a los otros ministros en su administración, especialmente en aquellas funciones en que debe ser salvaguardado el pudor, como inmersión, unciones sobre el cuerpo, -'c. (cfr. Const. apost. 3,16,2-4; 8,28,6; Epifanio, Panarion, 79,3; Exposito fidei, 20). 
Acompañaban a las mujeres que deseaban visitar al obispo o al diácono (cfr. Const. apost. 2,26,2) y se encargaban, cuando era necesario, del examen corporal de las mujeres (cfr. Epifanio, Panarion, 79,3). En las iglesias siriacas no calcedonianas, sus funciones fueron más amplias aún, pero sin llegar nunca hasta el servicio del altar propiamente dicho.

Según 1 Tim 5,9 la viuda debía tener al menos 60 años. Esta edad mínima aplicada a las d., que la Didascalia (3,1,1,) había reducido a 50, es de nuevo elevada a 60 por las Constituciones Apostólicas (3,1,1) y en el Codex Theodosianus (16,2,27). 
El Conc. de Calcedonia (can. 15) la reduce definitivamente a 40 años. 
Los siglos IV y  V pueden considerarse, en Oriente, como la edad de oro de las diaconisas. 
Entre las más célebres podemos citar a San Macrina, hermana de San Basilio y San Gregorio de Nisa, y a Olimpia, colaboradora de San Juan Crisóstomo, la cual, habiéndose quedado viuda a los 18 años rechazó los más brillantes partidos para poder consagrarse al servicio de la Iglesia. 
En tiempos de Justiniano (Novelas, 3,1,1,) había en Constantinopla 40 diaconisas. (junto a 100 diáconos y 60 presbíteros).

Más tarde, al ser menos frecuente el Bautismo de adultos, las d. fueron disminuyendo en número e importancia hasta desaparecer por completo. 
En el s. xiil todavía había d. en Constantinopla, pero no realizaban ministerio alguno ni recibían la antigua consagración, quedando convertido el nombre en un mero título honorífico. 
Hacia la misma época, el rito de consagración de las d. desaparece de los eucologios (v. LIBROS LITÚRGICOS). 
En Occidente, la institución de las d. no tuvo jamás el mismo desarrollo que en Oriente. 
A mediados del s. v, los concilios se muestran desfavorables y prohíben la consagración de las diaconisas. (Conc. 1 de Orange, can. 26; Conc. de Epaone, can. 21; Conc. lI de Orleáns, can. 18).

Pasado el siglo XI habían desaparecido totalmente. 
Posteriormente, algunas comunidades protestantes utilizaron el nombre -en un sentido distinto del primitivo para un tipo de diaconisas cuyas funciones correspondían sustancialmente a las actividades caritativas, apostólicas o misioneras de las religiosas en el catolicismo. 
Estas tentativas de institucionalizar la participación femenina en las actividades catequéticas y benéficas se manifestaron ya en el siglo XVI, pero hasta el  XIX no cuajaron (en el luteranismo y en el anglicanismo) en organizaciones amplias y estables. 
Las comunidades de d. luteranas, reunidas en una federación internacional con sede en Utrech, cuentan hoy con unos 50.000 miembros y tienen casas en Alemania, Holanda, Suiza, países escandinavos y Francia.

2. Teología. El nombre refleja exactamente el complejo de tareas subsidiarias que, desde la edad apostólica, la mujer, sea por una espontánea vocación, sea por tácito o expreso encargo de la autoridad, desempeñó en las iglesias de la antigüedad para servicio indirecto del culto.

El N. T. destaca el papel de la mujer, típicamente representado en María, la Madre de Jesús, describiendo la colaboración eficiente de algunas mujeres en la difusión del Evangelio y en la vida de las comunidades (cfr., p. ej., Act 18,1-4; 26-27; Rom 16,14.6.12.15; Philp 4,2-3). 
San Lucas, especialmente atento en indicar cómo se enraizan las funciones y la fisonomía de la Iglesia apostólica en la vida histórica de Jesús, da un énfasis particular a la presencia de un grupo de mujeres durante el ministerio del Maestro en Galilea (cfr. Lc 8,1-3). 
Por otro lado, exaltando el papel santificador y educador de la esposa y de la madre en el hogar, la Iglesia apostólica excluía a la mujer del ejercicio de las funciones jerárquicas. San Pablo proclama expresamente que ella no debe tomar la palabra en las asambleas litúrgicas (1 Cor 7,14; 14,34-35; 1 Tim 2,8-15).

Esta participación de la mujer en las tareas pastorales de la jerarquía se concretó de modo especial en la institución de las d. cuyo desarrollo histórico hemos descrito anteriormente. 
Hemos visto también cuáles eran sus funciones. Sobre su situación jurídica digamos que el can. 19 de Nicea dice que las diaconisas no poseen orden alguna y deben ser completamente contadas entre los laicos.

A partir del siglo IV se les asimiló algo al estado clerical y se usan ritos inspirados en los de la ordenación del diácono. 
En las Constituciones Apostólicas (8,19-20) se manda lo siguiente: «a la diaconisa, obispo, impónle las manos en presencia del colegio de presbíteros junto con los diáconos y diaconisas y di: Dios eterno, Padre de nuestro Señor Jesucristo, creador del hombre y de la mujer; Tú llenaste de espíritu a María, Débora, Ana y Holda, no juzgaste indigno que tu Hijo unigénito naciera de una mujer y pusiste mujeres vigilantes de las Santas junto al tabernáculo del testimonio y en el templo. 
 Mira ahora hacia esta tu sierva elegida para tu servicio y dale el Espíritu Santo y purifícala de toda mancha de la carne y del espíritu, para que cumpla dignamente la obra a ella confiada para gloria tuya y alabanza de tu Cristo, con quien para Ti y para el Espíritu Santo sea la gloria y la adoración por todos los siglos de los siglos. Amén»
El ritual bizantino, posterior al siglo VII, añadió otras fórmulas parecidas a las del diácono, como la imposición en el cuello de la estola diaconal y la entrega de un cáliz, que la diaconisa, después de haberlo tomado en las manos, pone sobre la mesa.

Conviene señalar que a pesar de la semejanza externa, el rito no tenía el más mínimo carácter de Sacramento; era una simple bendición constitutiva, que tal vez pueda considerarse un sacramental (v.), y que no pretendía conferir ningún poder sacerdotal, sino que significaba solamente la agregación litúrgica de la elegida al orden de las d. e invocaba sobre ella la asistencia de Dios. 
San Epifanio lo declara expresamente: «Aun cuando existe en la Iglesia el orden de las diaconisas, no ha sido establecido en función del sacerdocio o de cualquier otro ministerio de este género» (Expositio fide¡, 21). 
La Traditio apostolica de Hipólito es aún más explícita: «La viuda entra en un grupo por la simple lectura de su nombre. 
No debe estar sujeta a la ordenación, porque no ofrece la oblación ni realiza un servicio litúrgico. 
La ordenación está reservada al clero para su servicio litúrgico, mientras la viuda lo es para la oración, que es común a todos» (n° 11 y 13).

Con la desaparición del rito de la inmersión bautismal se desvanecía esta función atribuida a las diaconisas.
Por otro lado, el desarrollo de la vida religiosa femenina, con la multiplicidad de sus formas (hospitalarias, educativas, etcétera), vino a corresponder, al menos parcialmente, a aquel ideal de presencia activa de la mujer en la dirección de funciones litúrgicas y en la obra evangelizadora. 
Este ideal, renovado y adoptado, surgirá particularmente en las Hermanas de la Caridad (v.), que S. Luisa de Marillac (v.) y San Vicente de Paúl (v.) procuran desembarazar de los obstáculos de la clausura y observancias monásticas, para colocar «en el servicio de los pobres», lo que siempre fue la característica principal de las diaconisas.

Algunos autores contemporáneos se muestran partidarios del restablecimiento de la institución de las diaconisas, para facilitar así la ayuda de la mujer en el ministerio sacerdotal. 
Teológicamente no parece ofrecer dificultad esa participación que, según algunos, podría concretarse incluso en la recepción de un sacramental. 
De hecho ya se da en muchos casos una ayuda de la mujer al clero en diversos aspectos de su ministerio cultual y pastoral (religiosas o no al cuidado de iglesias, hospitales, convictorios sacerdotales, catequesis, etc.). 
Hay que señalar, sin embargo, que esa participación, de por sí útil y meritoria, no es esencial en la vida religiosa de la mujer ni propiamente hablando constituye una caracterización del apostolado laical (v. APOSTOLADO; LAICOS).

V. t.: DIÁCONO; SACERDOCIO 111.


Descubriendo el Siglo 21
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Fr Tomás Del Valle-Reyes
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