Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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martes, 10 de noviembre de 2009

OTRO ESPACIO, OTRA VIDA

Tiberiades, noviembre 2009
(foto: Nov. 12, 2009 Muro de los Lamentos, Israel)
Es difícil para el estilo de vida que llevamos en las modernas ciudades, el sacar tiempo para mirar hacia atrás. Pensamos que no hay nada más viejo que el periódico de ayer. Las personas y las cosas son útiles sólo hoy. La vida la hemos convertido en un correr, en un no mirar atrás.
Me encuentro una vez más recorriendo unos lugares donde la vida tiene un ritmo distinto. Un sentir distinto. Un sabor distinto. Donde se guarda el recuerdo del pasado para, desde el presente, proyectar el futuro.
Estoy escribiendo desde las orillas del lago de Tiberiades, en medio de Israel, o si se prefiere, en medio de la antigua provincia romana de la Galilea.
En esta tierra que vemos y distinguimos como peligrosa, incierta, sin futuro o con un futuro preñado de sangre sudor y lágrimas, la vida y sus ritmos son distintos. Violencia, intolerancia, fanatismos son los primeros pensamientos que tenemos ante las noticias que recibimos. Nada más falso. La violencia de la ciudad de New York por citar un ejemplo, es superior al promedio de todo el territorio ocupado por el Estado de Israel y el futuro Estado Palestino. La intolerancia a la que asistimos en la vida e instituciones americanas supera con creces a la existente en esta zona del mundo. Fanáticos los tenemos en ambas partes, siendo difícil el saber dónde, cómo y porqué de este fenómeno degradante, símbolo de la impotencia, la intolerancia y la capacidad de vivir respetando la realidad del otro ser humano.
La vida en esta parte del mundo está llena de ilusión. De amargas ilusiones pero ilusiones y esperanzas. Es cierto que intereses políticos y religiosos externos empapan de sangre muchas manos y vidas. Es cierto también que la corrupción de los políticos israelíes está llenando las cárceles y colapsando el sistema jurídico del país.
Es cierto que la crisis económica ha mordido la vida de millones de personas. Todo eso es cierto. Pero también es cierto que la vida aquí tanto en los territorios palestinos como en los israelitas tiene un sentido, un deseo de superación, de búsqueda de paz que no la vemos ni sentimos ni en los países europeos, cansados y viejos, ni en los Estados Unidos. Aquí las cosas y la vida se viven y sienten de otra manera. Hay una ilusión por la paz y la vida que no encontramos en otras latitudes. No se vive ni mejor ni peor. Se vive distinto, pero se vive. Cada día que amanece se nota que es una apuesta por la vida, aunque amanezca con nubarrones sombríos, pero amanece. Después de recorrer durante muchos años estas tierras y de convivir y conversar con unos y otros, con palestinos e israelíes, se llegan a varias conclusiones.
Primera de todas que ambos pueblos desean la paz y la tranquilidad.
Segundo que los israelíes necesitan a los palestinos y los palestinos a los israelíes.
Tercero que preferirían ambos pueblos vivir sin recibir las influencias y los dictados de gente extraña y externa.
Esta es su tierra y ellos la quieren controlar.
Cuarta, si se pudieran sentar en una mesa sólo palestinos y sólo israelíes, la paz pasaría de una posibilidad a una realidad permanente. Ambos pueblos están condenados a entenderse.
Tertuliasiglo21@aol.com

miércoles, 4 de julio de 2007

Pisando tus umbrales, Jerusalén


La última vez que nos comunicamos fue para contarles de nuestro caminar Chipre, la tierra que sintió las palabras vibrantes de Pablo, la que vio nacer a Bernabé, la que guardó los restos mortales de Lázaro. De allí, en breve vuelo, llegamos a Israel, la mítica y bíblica tierra que mana leche y miel. Para algunos, sangre e hiel.


Siguiendo la costa mediterránea llegamos a Cesárea del Mar, ciudad que guarda el recuerdo de San Pablo y la memoria de Eusebio, el Obispo que escribe la primera Historia Eclesiástica y que convoca un concilio donde se establece la fecha de la celebración de la Pascua. Guarda esta ciudad igualmente el recuerdo de Pilatos, el gobernador romano que decidiera la suerte de Jesús.




De Cesárea a Haifa, con su Monte Carmelo, su Cueva de Elías y sus Jardines Ba´Hai fueron etapas de un caminar que nos llevó a Nazaret. En el lugar donde la tradición nos recuerda la Anunciación de la maternidad de María tuvimos nuestro primer momento importante de oración, nuestra primera eucaristía. La Familia de Descubriendo el Siglo XXI, que son todos ustedes, estuvo muy presente encima de la mesa del altar. Mesa donde se pusieron las alegrías y las esperanzas, las penas y las tristezas de todos: enfermos de sida, violados, maltratados, enfermos, deprimidos, en fin, de todos aquellos que noche a noche nos siguieron en la radio y día a día nos leen en internet y nos siguen con cariño. Sería largo el citar a tantas personas que nos han escrito, pero aunque nos olvidemos nosotros, el Buen Dios, aquel de quien dijo el Ángel que para El no hay nada imposible, El ciertamente no se olvida.


Nazaret con la Casa de la Carpintería de José; Caná con sus bodas y el milagro del agua y el vino, terminaron de llenar nuestro primer día completo en Israel. De ahí a descansar a las orillas del Lago de Tiberíades, el mismo en torno al cual muchas noches Jesús durmió, caminó, compartió y, sin duda alguna, rió y lloró, gritó y susurró. Fue “su lago” Y junto a ese lago pasamos dos maravillosos días. Recorrimos Cafarnaúm, la ciudad que guarda el recuerdo de Pedro; Tabja, donde Jesús, ante el hambre de cientos de personas, viendo la audacia y la disponibilidad de un joven, multiplicó los panes y los peces hasta que se saciaron. Pero sobre todo, visitamos, rezamos y meditamos en medio del templo más grande del mundo, en uno que no tiene paredes, ni techo ni puertas. En uno donde se proclamó el Mensaje de que seríamos plenamente felices el día que construyéramos la paz, el día que fuéramos justos, el día que tuviéramos un corazón limpio y sincero. El Monte de las Bienaventuranzas es, sin lugar a dudas, ese Templo sin paredes, esa Iglesia sin techo, esa ventana a la Universalidad del Amor de Dios. Desde allí rezamos por todos ustedes.



Y el lunes, con el corazón lleno de emociones y los ojos bien abiertos para ir contemplando los caminos por donde anduvieron nuestros padres en la fe, nos dirigimos a Jerusalén. El desierto de Judea nos fue mostrando por el camino la ruta seguida varias veces tanto por Jesús como por María, José, los Apóstoles. Íbamos a Jerusalén. Íbamos a Sión. Desde el Monte de los Olivos contemplamos la Ciudad Santa con sus cúpulas doradas y sus paredes de piedra. Cuando aún teníamos en nuestra retina las imágenes de la ciudad, nos dirigimos a la Casa del Pan, a Belén, la pequeña ciudad tres veces recordada en la Sagrada Escritura. La ciudad que vio nacer a David. La ciudad que vio nacer a Jesús.




Cruzamos el muro que separa a dos pueblos hermanos. Muro que la incomprensión y la violencia ha levantado. Y allí dentro, en la Casa del Pan, nos acogieron con gran alegría y compartimos el pan con los amigos de Belén, con los cristianos de Belén, con los creyentes que olvidamos pero que son la presencia viva de la fe cristiana en esta tierra que muchos quieren convertir en una que mana sangre e hiel.


En un rincón de la gruta de Belén, aquel que guarda el recuerdo de San Jerónimo, donde nos cuenta la tradición que hizo la traducción de la Palabra de Dios para la gente sencilla, allí tuvimos nuestra celebración de la Santa Misa. Y allí también estuvieron ustedes presentes.
Y lleno el corazón de alegría nos regresamos a Jerusalén pensando que estábamos viviendo un sueño. Nos habían advertido de peligros, de tiros, de violencia, de gente con gesto hosco y anti americanos. Y nos encontramos con gente acogedora, con las calles llenas de peregrinos, con la sonrisa y el cariño de quien recibe a un familiar que viene de lejos a nuestro hogar. Las dificultades de la vida, las resuelven ellos, pero ahora están con nosotros nuestros hermanos de lejos. Se nota el cariño, el respeto, la amistad, el valor de las cosas sencillas. Pienso que mientras haya personas como las que nos encontramos que, a pesar de las dificultades, aún sonríen y acogen, la paz tiene una gran oportunidad en esta parte del mundo.
En nuestra próxima entrega les contaré nuestro caminar por las calles de Jerusalén. Pisando sus umbrales.
Con cariño y respeto

Padre Tomás