Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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miércoles, 4 de julio de 2007

Pisando tus umbrales, Jerusalén


La última vez que nos comunicamos fue para contarles de nuestro caminar Chipre, la tierra que sintió las palabras vibrantes de Pablo, la que vio nacer a Bernabé, la que guardó los restos mortales de Lázaro. De allí, en breve vuelo, llegamos a Israel, la mítica y bíblica tierra que mana leche y miel. Para algunos, sangre e hiel.


Siguiendo la costa mediterránea llegamos a Cesárea del Mar, ciudad que guarda el recuerdo de San Pablo y la memoria de Eusebio, el Obispo que escribe la primera Historia Eclesiástica y que convoca un concilio donde se establece la fecha de la celebración de la Pascua. Guarda esta ciudad igualmente el recuerdo de Pilatos, el gobernador romano que decidiera la suerte de Jesús.




De Cesárea a Haifa, con su Monte Carmelo, su Cueva de Elías y sus Jardines Ba´Hai fueron etapas de un caminar que nos llevó a Nazaret. En el lugar donde la tradición nos recuerda la Anunciación de la maternidad de María tuvimos nuestro primer momento importante de oración, nuestra primera eucaristía. La Familia de Descubriendo el Siglo XXI, que son todos ustedes, estuvo muy presente encima de la mesa del altar. Mesa donde se pusieron las alegrías y las esperanzas, las penas y las tristezas de todos: enfermos de sida, violados, maltratados, enfermos, deprimidos, en fin, de todos aquellos que noche a noche nos siguieron en la radio y día a día nos leen en internet y nos siguen con cariño. Sería largo el citar a tantas personas que nos han escrito, pero aunque nos olvidemos nosotros, el Buen Dios, aquel de quien dijo el Ángel que para El no hay nada imposible, El ciertamente no se olvida.


Nazaret con la Casa de la Carpintería de José; Caná con sus bodas y el milagro del agua y el vino, terminaron de llenar nuestro primer día completo en Israel. De ahí a descansar a las orillas del Lago de Tiberíades, el mismo en torno al cual muchas noches Jesús durmió, caminó, compartió y, sin duda alguna, rió y lloró, gritó y susurró. Fue “su lago” Y junto a ese lago pasamos dos maravillosos días. Recorrimos Cafarnaúm, la ciudad que guarda el recuerdo de Pedro; Tabja, donde Jesús, ante el hambre de cientos de personas, viendo la audacia y la disponibilidad de un joven, multiplicó los panes y los peces hasta que se saciaron. Pero sobre todo, visitamos, rezamos y meditamos en medio del templo más grande del mundo, en uno que no tiene paredes, ni techo ni puertas. En uno donde se proclamó el Mensaje de que seríamos plenamente felices el día que construyéramos la paz, el día que fuéramos justos, el día que tuviéramos un corazón limpio y sincero. El Monte de las Bienaventuranzas es, sin lugar a dudas, ese Templo sin paredes, esa Iglesia sin techo, esa ventana a la Universalidad del Amor de Dios. Desde allí rezamos por todos ustedes.



Y el lunes, con el corazón lleno de emociones y los ojos bien abiertos para ir contemplando los caminos por donde anduvieron nuestros padres en la fe, nos dirigimos a Jerusalén. El desierto de Judea nos fue mostrando por el camino la ruta seguida varias veces tanto por Jesús como por María, José, los Apóstoles. Íbamos a Jerusalén. Íbamos a Sión. Desde el Monte de los Olivos contemplamos la Ciudad Santa con sus cúpulas doradas y sus paredes de piedra. Cuando aún teníamos en nuestra retina las imágenes de la ciudad, nos dirigimos a la Casa del Pan, a Belén, la pequeña ciudad tres veces recordada en la Sagrada Escritura. La ciudad que vio nacer a David. La ciudad que vio nacer a Jesús.




Cruzamos el muro que separa a dos pueblos hermanos. Muro que la incomprensión y la violencia ha levantado. Y allí dentro, en la Casa del Pan, nos acogieron con gran alegría y compartimos el pan con los amigos de Belén, con los cristianos de Belén, con los creyentes que olvidamos pero que son la presencia viva de la fe cristiana en esta tierra que muchos quieren convertir en una que mana sangre e hiel.


En un rincón de la gruta de Belén, aquel que guarda el recuerdo de San Jerónimo, donde nos cuenta la tradición que hizo la traducción de la Palabra de Dios para la gente sencilla, allí tuvimos nuestra celebración de la Santa Misa. Y allí también estuvieron ustedes presentes.
Y lleno el corazón de alegría nos regresamos a Jerusalén pensando que estábamos viviendo un sueño. Nos habían advertido de peligros, de tiros, de violencia, de gente con gesto hosco y anti americanos. Y nos encontramos con gente acogedora, con las calles llenas de peregrinos, con la sonrisa y el cariño de quien recibe a un familiar que viene de lejos a nuestro hogar. Las dificultades de la vida, las resuelven ellos, pero ahora están con nosotros nuestros hermanos de lejos. Se nota el cariño, el respeto, la amistad, el valor de las cosas sencillas. Pienso que mientras haya personas como las que nos encontramos que, a pesar de las dificultades, aún sonríen y acogen, la paz tiene una gran oportunidad en esta parte del mundo.
En nuestra próxima entrega les contaré nuestro caminar por las calles de Jerusalén. Pisando sus umbrales.
Con cariño y respeto

Padre Tomás

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