Columna del Padre Tomás



En la antigüedad se solían marcar los caminos con postes o pequeñas columnas. Eran los puntos de referencia para ir haciendo camino. A veces también se usaban las columnas para recordar hechos, personas, acontecimientos a no olvidar.

Las columnas del Padre Tomás del Valle son un poco ambas cosas. Piedras que marcan el camino que se va haciendo cada día, sin rutas, sin marcas. Y también Columnas que recuerdan hechos, personas, acontecimientos. En ambos casos no es otra cosa que un intento de trazar caminos en la aldea global.

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domingo, 14 de febrero de 2016

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE MÉXICO Feb 13-2016

ENCUENTRO CON LOS OBISPOS DE MÉXICO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Catedral Metropolitana, Ciudad de México
Sábado 13 de febrero de 2016




Queridos hermanos,
Estoy contento de poder encontrarlos al día siguiente de mi llegada a este País al cual, siguiendo los pasos de mis Predecesores, también he venido a visitar.
No podía dejar de venir ¿Podría el Sucesor de Pedro, llamado del lejano sur latinoamericano, privarse de poder posar la propia mirada sobre la «Virgen Morenita»?.
Les agradezco que me reciban en esta Catedral, «casita», «casita» prolongada pero siempre «sagrada», que pidió la Virgen de Guadalupe, y por las amables palabras de acogida que me han dirigido.
Porque sé que aquí se halla el corazón secreto de cada mexicano, entro con pasos suaves como corresponde entrar en la casa y en el alma de este pueblo y estoy profundamente agradecido por abrirme la puerta. 
Sé que mirando los ojos de la Virgen alcanzo la mirada de vuestra gente que, en Ella, ha aprendido a manifestarse. 
Sé que ninguna otra voz puede hablar así tan profundamente del corazón mexicano como me puede hablar la Virgen; Ella custodia sus más altos deseos sus más recónditas esperanzas; Ella recoge sus alegrías y sus lágrimas; Ella comprende sus numerosos idiomas y les responde con ternura de Madre porque son sus propios hijos.

Estoy contento de estar con ustedes aquí, en las cercanías del «Cerro del Tepeyac», como en los albores de la evangelización de este Continente y, por favor, les pido que me consientan que todo cuanto les diga pueda hacerlo partiendo desde la Guadalupana. 
Cuánto quisiera que fuese Ella misma quien les lleve, hasta lo profundo de sus almas de Pastores y, por medio de ustedes, a cada una de sus Iglesias particulares presentes en este vasto México, todo lo que fluye intensamente del corazón del Papa.
Como hizo San Juan Diego, y lo hicieron las sucesivas generaciones de los hijos de la Guadalupana, también el Papa cultivaba desde hace tiempo el deseo de mirarla. 
Más aún, quería yo mismo ser alcanzado por su mirada materna. He reflexionado mucho sobre el misterio de esta mirada y les ruego acojan cuanto brota de mi corazón de Pastor en este momento.
Una mirada de ternura
Ante todo, la «Virgen Morenita» nos enseña que la única fuerza capaz de conquistar el corazón de los hombres es la ternura de Dios. 
Aquello que encanta y atrae, aquello que doblega y vence, aquello que abre y desencadena no es la fuerza de los instrumentos o la dureza de la ley, sino la debilidad omnipotente del amor divino, que es la fuerza irresistible de su dulzura y la promesa irreversible de su misericordia.
Un inquieto y notable literato de esta tierra dijo que en Guadalupe ya no se pide la abundancia de las cosechas o la fertilidad de la tierra, sino que se busca un regazo en el cual los hombres, siempre huérfanos y desheredados, están en la búsqueda de un resguardo, de un hogar.
Transcurridos siglos del evento fundante de este País y de la evangelización del Continente, ¿acaso se ha diluido, se ha olvidado, la necesidad de regazo que anhela el corazón del pueblo que se les ha confiado a ustedes?
Conozco la larga y dolorosa historia que han atravesado, no sin derramar tanta sangre, no sin impetuosas y desgarradoras convulsiones, no sin violencia e incomprensiones. 
Con razón mi venerado y santo Predecesor, que en México estaba como en su casa, ha querido recordar que «como ríos a veces ocultos y siempre caudalosos, tres realidades que unas veces se encuentran y otras revelan sus diferencias complementarias, sin jamás confundirse del todo: la antigua y rica sensibilidad de los pueblos indígenas que amaron Juan de Zumárraga y Vasco de Quiroga, a quienes muchos de estos pueblos siguen llamando padres; el cristianismo arraigado en el alma de los mexicanos; y la moderna racionalidad de corte europeo que tanto ha querido enaltecer la independencia y la libertad» (Juan Pablo II, Discurso en la ceremonia de bienvenida en México, 22 enero 1999).

Y en esta historia, el regazo materno que continuamente ha generado a México, aunque a veces pareciera una «red que recogía ciento cincuenta y tres peces» (Jn 21,11), no se demostró jamás infecundo, y las amenazantes fracturas se recompusieron siempre.
Por eso, les invito a partir nuevamente de esta necesidad de regazo que promana del alma de vuestro pueblo. 
El regazo de la fe cristiana es capaz de reconciliar el pasado, frecuentemente marcado por la soledad, el aislamiento y la marginación, con el futuro continuamente relegado a un mañana que se escabulle. 
Sólo en aquel regazo se puede, sin renunciar a la propia identidad, «descubrir la profunda verdad de la nueva humanidad, en la cual todos están llamados a ser hijos de Dios» (Id.,Homilía en la Canonización de san Juan Diego).
Reclínense pues, hermanos, con delicadeza y respeto, sobre el alma profunda de su gente, desciendan con atención y descifren su misterioso rostro. 

El presente, frecuentemente disuelto en dispersión y fiesta, ¿acaso no es también propedéutico a Dios que es sólo y pleno presente? ¿La familiaridad con el dolor y la muerte no son formas de coraje y caminos hacia la esperanza? La percepción de que el mundo sea siempre y solamente para redimir, ¿no es antídoto a la autosuficiencia prepotente de cuantos creen poder prescindir de Dios?
Naturalmente, por todo esto se necesita una mirada capaz de reflejar la ternura de Dios. Sean por lo tanto Obispos de mirada limpia, de alma trasparente, de rostro luminoso.
No le tengan miedo a la transparencia. La Iglesia no necesita de la oscuridad para trabajar. 
Vigilen para que sus miradas no se cubran de las penumbras de la niebla de la mundanidad; no se dejen corromper por el materialismo trivial ni por las ilusiones seductoras de los acuerdos debajo de la mesa; no pongan su confianza en los «carros y caballos» de los faraones actuales, porque nuestra fuerza es la «columna de fuego» que rompe dividiendo en dos las marejadas del mar, sin hacer grande rumor (cf. Ex 14,24-25).
El mundo en el cual el Señor nos llama a desarrollar nuestra misión se ha vuelto muy complejo. 
Y aunque la prepotente idea del «cogito», que no negaba que hubiese al menos una roca sobre la arena del ser, hoy está dominada por una concepción de la vida, considerada por muchos, más que nunca, vacilante, errabunda y anómica, porque carece de sustrato sólido. 
Las fronteras, tan intensamente invocadas y sostenidas, se han vuelto permeables a la novedad de un mundo en el cual la fuerza de algunos ya no puede sobrevivir sin la vulnerabilidad de otros. 
La irreversible hibridación de la tecnología hace cercano lo que está lejano pero, lamentablemente, hace distante lo que debería estar cerca.
Y, precisamente en este mundo así, Dios les pide tener una mirada capaz de interceptar la pregunta que grita en el corazón de vuestra gente, la única que posee en el propio calendario una «fiesta del grito». 
A ese grito es necesario responder que Dios existe y está cerca a través de Jesús. 
Que sólo Dios es la realidad sobre la cual se puede construir, porque «Dios es la realidad fundante, no un Dios sólo pensado o hipotético, sino el Dios de rostro humano» (Benedicto XVI, Discurso inaugural de la V Conferencia General del CELAM, 13 mayo 2007).
En las miradas de ustedes, el Pueblo mexicano tiene el derecho de encontrar las huellas de quienes «han visto al Señor» (cf.Jn 20,25), de quienes han estado con Dios. Esto es lo esencial. 
No pierdan, entonces, tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubs de intereses o de consorterías. 
No se dejen arrastrar por las murmuraciones y las maledicencias. Introduzcan a sus sacerdotes en esta esa comprensión del sagrado ministerio. A nosotros, ministros de Dios, basta la gracia de «beber el cáliz del Señor», el don de custodiar la parte de su heredad que se nos ha confiado, aunque seamos inexpertos administradores. Dejemos al Padre asignarnos el puesto que nos tiene preparado (cf. Mt 20,20-28). ¿Acaso podemos estar de verdad ocupados en otras cosas si no en las del Padre? Fuera de las «cosas del Padre» (Lc 2,48-49) perdemos nuestra identidad y, culpablemente, hacemos vana su gracia.

Si nuestra mirada no testimonia haber visto a Jesús, entonces las palabras que recordamos de Él resultan solamente figuras retóricas vacías. Quizás expresen la nostalgia de aquellos que no pueden olvidar al Señor, pero de todos modos son sólo el balbucear de huérfanos junto al sepulcro. Palabras finalmente incapaces de impedir que el mundo quede abandonado y reducido a la propia potencia desesperada.
Pienso en la necesidad de ofrecer un regazo materno a los jóvenes. Que vuestras miradas sean capaces de cruzarse con las miradas de ellos, de amarlos y de captar lo que ellos buscan, con aquella fuerza con la que muchos como ellos han dejado barcas y redes sobre la otra orilla del mar (cf. Mc 1,17-18), han abandonado bancos de extorsiones con tal de seguir al Señor de la verdadera riqueza (cf. Mt 9,9).
Me preocupan tantos que, seducidos por la potencia vacía del mundo, exaltan las quimeras y se revisten de sus macabros símbolos para comercializar la muerte en cambio de monedas que, al final, «la polilla y el óxido echan a perder, y por lo que los ladrones perforan muros y roban» (Mt 6,20). Les ruego no minusvalorar el desafío ético y anticívico que el narcotráfico representa para la juventud y para la entera sociedad mexicana, comprendida la Iglesia.
La proporción del fenómeno, la complejidad de sus causas, la inmensidad de su extensión, como metástasis que devora, la gravedad de la violencia que disgrega y sus trastornadas conexiones, no nos consienten a nosotros, Pastores de la Iglesia, refugiarnos en condenas genéricas -formas de nominalismo- sino que exigen un coraje profético y un serio y cualificado proyecto pastoral para contribuir, gradualmente, a entretejer aquella delicada red humana, sin la cual todos seríamos desde el inicio derrotados por tal insidiosa amenaza. 
Sólo comenzando por las familias; acercándonos y abrazando a la periferia humana y existencial de los territorios desolados de nuestras ciudades; involucrando las comunidades parroquiales, las escuelas, las instituciones comunitarias, la comunidades políticas, las estructuras de seguridad; sólo así se podrá liberar totalmente de las aguas en las cuales lamentablemente se ahogan tantas vidas, sea la vida de quien muere como víctima, sea la de quien delante de Dios tendrá siempre las manos manchadas de sangre, aunque tenga los bolsillos llenos de dinero sórdido y la conciencia anestesiada.
Volviendo la mirada a María de Guadalupe diré una segunda cosa:
Una mirada capaz de tejer
En el manto del alma mexicana Dios ha tejido, con el hilo de las huellas mestizas de su gente, el rostro de su manifestación en la «Morenita». Dios no necesita de colores apagados para diseñar su rostro. Los diseños de Dios no están condicionados por los colores y por los hilos, sino que están determinados por la irreversibilidad de su amor que quiere persistentemente imprimirse en nosotros.
Sean, por tanto, Obispos capaces de imitar esta libertad de Dios eligiendo cuanto es humilde para hacer visible la majestad de su rostro y de copiar esta paciencia divina en tejer, con el hilo fino de la humanidad que encuentren, aquel hombre nuevo que su país espera. 
No se dejen llevar por la vana búsqueda de cambiar de pueblo, como si el amor de Dios no tuviese bastante fuerza para cambiarlo.
Redescubran pues la sabia y humilde constancia con que los Padres de la fe de esta Patria han sabido introducir a las generaciones sucesivas en la semántica del misterio divino. Primero aprendiendo y, luego, enseñando la gramática necesaria para dialogar con aquel Dios, escondido en los siglos de su búsqueda y hecho cercano en la persona de su Hijo Jesús, que hoy tantos reconocen en la imagen ensangrentada y humillada, como figura del propio destino. Imiten su condescendencia y su capacidad de reclinarse. 

No comprenderemos jamás bastante el hecho de que con los hilos mestizos de nuestra gente Dios entretejió el rostro con el cual se da a conocer. Nunca seremos suficientemente agradecidos a este inclinarse, a esta “sincatábasis”.
Una mirada de singular delicadeza les pido para los pueblos indígenas, para ellos y sus fascinantes, y no pocas veces, masacradas culturas. México tiene necesidad de sus raíces amerindias para no quedarse en un enigma irresuelto. 
Los indígenas de México aún esperan que se les reconozca efectivamente la riqueza de su contribución y la fecundidad de su presencia, para heredar aquella identidad que les convierte en una Nación única y no solamente una entre otras.
Se ha hablado muchas veces del presunto destino incumplido de esta Nación, del «laberinto de la soledad» en el cual estaría aprisionada, de la geografía como destino que la entrampa. Para algunos, todo esto sería obstáculo para el diseño de un rostro unitario, de una identidad adulta, de una posición singular en el concierto de las naciones y de una misión compartida.
Para otros, también la Iglesia en México estaría condenada a escoger entre sufrir la inferioridad en la cual fue relegada en algunos períodos de su historia, como cuando su voz fue silenciada y se buscó amputar su presencia, o aventurarse en los fundamentalismos para volver a tener certezas provisorias - como aquel «cogito» famoso - olvidándose de tener anidada en su corazón la sed de Absoluto y ser llamada en Cristo a reunir a todos y no sólo una parte (cf. Lumen gentium, 1, 1).
No se cansen en cambio de recordarle a su Pueblo cuánto son potentes las raíces antiguas, que han permitido la viva síntesis cristiana de comunión humana, cultural y espiritual que se forjó aquí. Recuerden que las alas de su Pueblo ya se han desplegado varias veces por encima de no pocas vicisitudes. 
Custodien la memoria del largo camino hasta ahora recorrido - sean deuteronómicos - y sepan suscitar la esperanza de nuevas metas, porque el mañana será una tierra «rica de frutos» aunque nos plantee desafíos no indiferentes (cf. Nm 13,27-28).
Que las miradas de ustedes, reposadas siempre y solamente en Cristo, sean capaces de contribuir a la unidad de su Pueblo; de favorecer la reconciliación de sus diferencias y la integración de sus diversidades; de promover la solución de sus problemas endógenos; de recordar la medida alta, que México puede alcanzar si aprende a pertenecerse a sí mismo antes que a otros; de ayudar a encontrar soluciones compartidas y sostenibles para sus miserias; de motivar a la entera Nación a no contentarse con menos de cuanto se espera del modo mexicano de habitar el mundo.
Una tercera reflexión:
Una mirada atenta y cercana, no adormecida
Les ruego no caer en la paralización de dar viejas respuestas a las nuevas demandas. Vuestro pasado es un pozo de riquezas donde excavar, que puede inspirar el presente e iluminar el futuro. ¡Ay de ustedes si se duermen en sus laureles! Es necesario no desperdiciar la herencia recibida, custodiándola con un trabajo constante. Están asentados sobre espaldas de gigantes: obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos, fieles «hasta el final», que han ofrecido la vida para que la Iglesia pudiese cumplir la propia misión. 
Desde lo alto de ese podio están llamados a lanzar una mirada amplia sobre el campo del Señor para planificar la siembra y esperar la cosecha.
Los invito a cansarse, a cansarse sin miedo en la tarea de evangelizar y de profundizar la fe mediante una catequesis mistagógica que sepa atesorar la religiosidad popular de su gente. Nuestro tiempo requiere atención pastoral a las personas y a los grupos, que esperan poder salir al encuentro del Cristo vivo. 
Solamente una valerosa conversión pastoral -y subrayo conversión pastoral- de nuestras comunidades puede buscar, generar y nutrir a los actuales discípulos de Jesús (cf.Documento de Aparecida, 226, 368, 370).
Por tanto, es necesario para nosotros, pastores, superar la tentación de la distancia -y dejo a cada uno de ustedes que haga el catálogo de las distancias que pueden existir en esta Conferencia Episcopal; no las conozco, pero superar la tentación de la distancia- y del clericalismo, de la frialdad y de la indiferencia, del comportamiento triunfal y de la autoreferencialidad. 
Guadalupe nos enseña que Dios es familiar, cercano, en su rostro, que la proximidad y la condescendencia, ese agacharse y acercarse, pueden más que la fuerza, que cualquier tipo de fuerza.
Como enseña la bella tradición guadalupana, la «Morenita» custodia las miradas de aquellos que la contemplan, refleja el rostro de aquellos que la encuentran. 
Es necesario aprender que hay algo de irrepetible en cada uno de aquellos que nos miran en la búsqueda de Dios. 
Toca a nosotros no volvernos impermeables a tales miradas. 
Custodiar en nosotros a cada uno de ellos, conservarlos en el corazón, resguardarlos.
Sólo una Iglesia que sepa resguardar el rostro de los hombres que van a tocar a su puerta es capaz de hablarles de Dios. 
Si no desciframos sus sufrimientos, si no nos damos cuenta de sus necesidades, nada podremos ofrecerles. 
La riqueza que tenemos fluye solamente cuando encontramos la poquedad de aquellos que mendigan y, precisamente, este encuentro se realiza en nuestro corazón de Pastores.
Y el primer rostro que les suplico custodien en su corazón es el de sus sacerdotes. 
No los dejen expuestos a la soledad y al abandono, presa de la mundanidad que devora el corazón. 
Estén atentos y aprendan a leer sus miradas para alegrarse con ellos cuando sientan el gozo de contar cuanto «han hecho y enseñado» (Mc 6,30), y también para no echarse atrás cuando se sienten un poco rebajados y no puedan hacer otra cosa que llorar porque «han negado al Señor» (cf. Lc 22,61-62), y también, por qué no, para sostener, en comunión con Cristo, cuando alguno, ya abatido, saldrá con Judas «en la noche» (Jn13,30). En estas situaciones, que nunca falte la paternidad de ustedes, Obispos, para con sus sacerdotes. Animen la comunión entre ellos; hagan perfeccionar sus dones; intégrenlos en las grandes causas, porque el corazón del apóstol no fue hecho para cosas pequeñas.

La necesidad de familiaridad habita en el corazón de Dios. Nuestra Señora de Guadalupe pide, pues, únicamente una «casita sagrada». Nuestros pueblos latinoamericanos entienden bien el lenguaje diminutivo –una casita sagrada- y de muy buen grado lo usan. Quizá tienen necesidad del diminutivo porque de otra forma se sentirían perdidos. Se adaptaron a sentirse disminuidos y se acostumbraron a vivir en la modestia.
La Iglesia, cuando se congrega en una majestuosa Catedral, no podrá hacer menos que comprenderse como una «casita» en la cual sus hijos pueden sentirse a su propio gusto. Delante de Dios sólo se permanece si se es pequeño, si se es huérfano, si se es mendicante. El protagonista de la historia de salvación es el mendigo.
«Casita» familiar y al mismo tiempo «sagrada», porque la proximidad se llena de la grandeza omnipotente. Somos guardianes de este misterio. Tal vez hemos perdido este sentido de la humilde medida divina, y nos cansamos de ofrecer a los nuestros la «casita» en la cual se sienten íntimos con Dios. 
Puede darse también que, habiendo descuidado un poco el sentido de su grandeza, se haya perdido parte del temor reverente hacia un tal amor. Donde Dios habita, el hombre no puede acceder sin ser admitido y entra solamente «quitándose las sandalias» (cf. Ex 3, 5) para confesar la propia insuficiencia.
Y este habernos olvidado de este «quitarse las sandalias» para entrar, ¿no está posiblemente en la raíz de la pérdida del sentido de la sacralidad de la vida humana, de la persona, de los valores esenciales, de la sabiduría acumulada a lo largo de los siglos, del respeto a la naturaleza? Sin rescatar, en la conciencia de los hombres y de la sociedad, estas raíces profundas, incluso al trabajo generoso en favor de los legítimos derechos humanos le faltará la savia vital que puede provenir sólo de un manantial que la humanidad no podrá darse jamás a sí misma.
Y, siempre mirando a la Madre, para terminar:
Una mirada de conjunto y de unidad
Sólo mirando a la «Morenita», México se comprende por completo. Por tanto, les invito a comprender que la misión que la Iglesia hoy les confía, y siempre les confió, requiere esta mirada que abarque la totalidad. Y esto no puede realizarse aisladamente, sino sólo en comunión.
La Guadalupana está ceñida de una cintura que anuncia su fecundidad. Es la Virgen que lleva ya en el vientre el Hijo esperado por los hombres. Es la Madre que ya gesta la humanidad del nuevo mundo naciente. 
Es la Esposa que prefigura la maternidad fecunda de la Iglesia de Cristo. Ustedes tienen la misión de ceñir toda la Nación mexicana con la fecundidad de Dios. Ningún pedazo de esta cinta puede ser despreciado.
El episcopado mexicano ha cumplido notables pasos en estos años conciliares; ha aumentado sus miembros; se ha promovido una permanente formación, continua y cualificada; el ambiente fraterno no faltó; el espíritu de colegialidad ha crecido; las intervenciones pastorales han influido sobre sus Iglesias y sobre la conciencia nacional; los trabajos pastorales compartidos han sido fructuosos en los campos esenciales de la misión eclesial como la familia, las vocaciones y la presencia social.
Mientras nos alegramos por el camino de estos años, les pido que no se dejen desanimar por las dificultades y de no ahorrar todo esfuerzo posible por promover, entre ustedes y en sus diócesis, el celo misionero, sobre todo hacia las partes más necesitadas del único cuerpo de la Iglesia mexicana. Redescubrir que la Iglesia es misión es fundamental para su futuro, porque sólo el «entusiasmo, el estupor convencido» de los evangelizadores tiene la fuerza de arrastre. Les ruego especialmente cuidar la formación y la preparación de los laicos, superando toda forma de clericalismo e involucrándolos activamente en la misión de la Iglesia, sobre todo en el hacer presente, con el testimonio de la propia vida, el evangelio de Cristo en el mundo.
A este Pueblo mexicano, le ayudará mucho un testimonio unificador de la síntesis cristiana y una visión compartida de la identidad y del destino de su gente. En este sentido, sería muy importante que la Pontificia Universidad de México esté cada vez más en el corazón de los esfuerzos eclesiales para asegurar aquella mirada de universalidad sin la cual la razón, resignada a módulos parciales, renuncia a su más alta aspiración de búsqueda de la verdad.
La misión es vasta y llevarla adelante requiere múltiples caminos. Y, con más viva insistencia, los exhorto a conservar la comunión y la unidad entre ustedes. Esto es esencial, hermanos. Esto no está en el texto pero me sale ahora. Si tienen que pelearse, peléense; si tienen que decirse cosas, se las digan; pero como hombres, en la cara, y como hombres de Dios que después van a rezar juntos, a discernir juntos. Y si se pasaron de la raya, a pedirse perdón, pero mantengan la unidad del cuerpo episcopal. Comunión y unidad entre ustedes. La comunión es la forma vital de la Iglesia y la unidad de sus Pastores da prueba de su veracidad. México, y su vasta y multiforme Iglesia, tienen necesidad de Obispos servidores y custodios de la unidad edificada sobre la Palabra del Señor, alimentada con su Cuerpo y guiada por su Espíritu, que es el aliento vital de la Iglesia.
No se necesitan «príncipes», sino una comunidad de testigos del Señor. Cristo es la única luz; es el manantial de agua viva; de su respiro sale el Espíritu, que despliega las velas de la barca eclesial. En Cristo glorificado, que la gente de este pueblo ama honrar como Rey, enciendan juntos la luz, cólmense de su presencia que no se extingue; respiren a pleno pulmón el aire bueno de su Espíritu. Toca a ustedes sembrar a Cristo sobre el territorio, tener encendida su luz humilde que clarifica sin ofuscar, asegurar que en sus aguas se colme la sed de su gente; extender las velas para que sea el soplo del Espíritu quien las despliegue y no encalle la barca de la Iglesia en México.
Recuerden que la Esposa, la Esposa de cada uno de ustedes, la Madre Iglesia, sabe bien que el Pastor amado (cf. Ct 1,7) será encontrado sólo donde los pastos son herbosos y los riachuelos cristalinos. La Esposa desconfía de los compañeros del Esposo que, alguna vez por desidia o incapacidad, conducen la grey por lugares áridos y llenos de peñascos. ¡Ay de nosotros pastores, compañeros del Supremo Pastor, si dejamos vagar a su Esposa porque en la tienda que nos hicimos el Esposo no se encuentra!
Permítanme una última palabra para expresar el aprecio del Papa por todo cuanto están haciendo para afrontar el desafío de nuestra época representada en las migraciones. Son millones los hijos de la Iglesia que hoy viven en la diáspora o en tránsito, peregrinando hacia el norte en búsqueda de nuevas oportunidades. Muchos de ellos dejan atrás las propias raíces para aventurarse, aun en la clandestinidad que implica todo tipo de riesgos, en búsqueda de la «luz verde» que juzgan como su esperanza. Tantas familias se dividen; y no siempre la integración en la presunta «tierra prometida» es tan fácil como se piensa.
Hermanos, que sus corazones sean capaces de seguirlos y alcanzarlos más allá de las fronteras. Refuercen la comunión con sus hermanos del episcopado estadounidense, para que la presencia materna de la Iglesia mantenga viva las raíces de su fe, de la fe de ese pueblo, las razones de sus esperanzas y la fuerza de su caridad. Que no les suceda a ellos que, colgando sus cítaras, se enmudezcan sus alegrías, olvidándose de Jerusalén y convirtiéndose en «exilados de sí mismos» (Sal 136). Testimonien juntos que la Iglesia es custodia de una visión unitaria del hombre y no puede compartir que sea reducido a un mero «recurso» humano.
No será vana la premura de sus diócesis en el echar el poco bálsamo que tienen en los pies heridos de quien atraviesa sus territorios y de gastar por ellos el dinero duramente colectado; el Samaritano divino, al final, enriquecerá a quien no pasó indiferente ante Él cuando estaba caído sobre el camino (cf. Lc 10,25-37).

Queridos hermanos, el Papa está seguro de que México y su Iglesia llegarán a tiempo a la cita consigo mismos, con la historia, con Dios. Tal vez alguna piedra en el camino retrasa la marcha, y la fatiga del trayecto exigirá alguna parada, pero no será jamás bastante para hacer perder la meta. Porque, ¿puede llegar tarde quien tiene una Madre que lo espera? ¿Quien continuamente puede sentir resonar en el propio corazón «no estoy aquí, Yo, que soy tu Madre»? Gracias.

Encuentro con las autoridades- Feb 13-2016

Viaje apostólico: Encuentro con las autoridades, 
la sociedad civil y el cuerpo diplomático
ENCUENTRO CON LAS AUTORIDADES, LA SOCIEDAD CIVIL Y EL CUERPO DIPLOMÁTICO
DISCURSO DEL SANTO PADRE
Palacio Nacional, Ciudad de México
Sábado 13 de febrero de 2016


Señor Presidente,
Miembros del Gobierno de la República,
Distinguidas Autoridades,
Representantes de la sociedad civil,
Hermanos en el Episcopado,
Señoras y señores.
Le agradezco, señor Presidente, las palabras de bienvenida que me ha dirigido. 
Es motivo de alegría poder pisar esta tierra mexicana, que ocupa un lugar especial en el corazón de las Américas. 
Hoy vengo como misionero de misericordia y paz pero también como hijo que quiere rendir homenaje a su madre, la Virgen de Guadalupe, y dejarse mirar por ella.
Buscando ser buen hijo, siguiendo las huellas de la madre, quiero, a su vez, rendirle homenaje a este pueblo y a esta tierra tan rica en culturas, historia y diversidad. 
En su persona, Señor Presidente, quiero saludar y abrazar al pueblo mexicano en sus múltiples expresiones y en las más diversas situaciones que le toca vivir. 
Gracias por recibirme hoy en su tierra.

México es un gran País. 
Bendecido con abundantes recursos naturales y una enorme biodiversidad que se extiende a lo largo de todo su vasto territorio. 
Su privilegiada ubicación geográfica lo convierte en un referente de América; y sus culturas indígenas, mestizas y criollas, le dan una identidad propia, que le posibilita una riqueza cultural no siempre fácil de encontrar y especialmente valorar. 
La sabiduría ancestral que porta su multiculturalidad es, por lejos, uno de sus mayores recursos biográficos. 
Una identidad que fue aprendiendo a gestarse en la diversidad y, sin lugar a dudas, constituye un patrimonio rico a valorar, estimular y cuidar.
Pienso, y me animo a decir, que la principal riqueza de México hoy tiene rostro joven; sí, son sus jóvenes. Un poco más de la mitad de la población está en edad juvenil. 
Esto permite pensar y proyectar un futuro, un mañana, de esperanza y proyección. 

Un pueblo con juventud es un pueblo capaz de renovarse, transformarse; es una invitación a alzar con ilusión la mirada hacia el futuro y, a su vez, nos desafía positivamente en el presente. 
Esta realidad nos lleva inevitablemente a reflexionar sobre la propia responsabilidad a la hora de construir el México que queremos, el México que deseamos legar a las generaciones venideras. 
También, a darnos cuenta de que un futuro esperanzador se forja en un presente de hombres y mujeres justos, honestos, capaces de empeñarse en el bien común, este «bien común» que en este siglo XXI no goza de buen mercado. 
La experiencia nos demuestra que, cada vez que buscamos el camino del privilegio o beneficio de unos pocos en detrimento del bien de todos, tarde o temprano, la vida en sociedad se vuelve un terreno fértil para la corrupción, el narcotráfico, la exclusión de las culturas diferentes, la violencia e incluso el tráfico de personas, el secuestro y la muerte, causando sufrimiento y frenando el desarrollo.
El pueblo mexicano afianza su esperanza en la identidad que ha sido forjada en duros y difíciles momentos de su historia por grandes testimonios de ciudadanos que han comprendido que, para poder superar las situaciones nacidas de la cerrazón del individualismo, era necesario el acuerdo de las Instituciones políticas, sociales y de mercado, y de todos los hombres y mujeres que se comprometen en la búsqueda del bien común y en la promoción de la dignidad de la persona.

Una cultura ancestral y un capital humano esperanzador, como el vuestro, tiene que ser la fuente de estímulo para que encontremos nuevas formas de diálogo, de negociación, de puentes capaces de guiarnos por la senda del compromiso solidario. 
Un compromiso en el que todos, comenzando por los que nos llamamos cristianos, nos entreguemos a la construcción de «una política auténticamente humana» (Gaudium et spes, 73) y una sociedad en la que nadie se sienta víctima de la cultura del descarte.
A los dirigentes de la vida social, cultural y política, les corresponde de modo especial trabajar para ofrecer a todos los ciudadanos la oportunidad de ser dignos actores de su propio destino, en su familia y en todos los círculos en los que se desarrolla la sociabilidad humana, ayudándoles a un acceso efectivo a los bienes materiales y espirituales indispensables: vivienda adecuada, trabajo digno, alimento, justicia real, seguridad efectiva, un ambiente sano y de paz.
Esto no es sólo un asunto de leyes que requieran de actualizaciones y mejoras —siempre necesarias—, sino de una urgente formación de la responsabilidad personal de cada uno, con pleno respeto del otro, como corresponsable en la causa común de promover el desarrollo nacional. 
Es una tarea que involucra a todo el pueblo mexicano en las distintas instancias, tanto públicas como privadas, tanto colectivas como individuales.

Le aseguro señor Presidente que, en este esfuerzo, el Gobierno mexicano puede contar con la colaboración de la Iglesia católica, que ha acompañado la vida de esta Nación y que renueva su compromiso y voluntad de servicio a la gran causa del hombre: la edificación de la civilización del amor.
Me dispongo a recorrer este hermoso y gran País como misionero y peregrino que quiere renovar con ustedes la experiencia de la misericordia, como un nuevo horizonte de posibilidad que es inevitablemente portador de justicia y de paz.
Y me pongo bajo la mirada de María, la Virgen de Guadalupe –le pido que me mire– para que, por su intercesión, el Padre misericordioso nos conceda que estas jornadas y el futuro de esta tierra sean una oportunidad de encuentro, de comunión y de paz.

Muchas gracias.

viernes, 22 de enero de 2016

Homilía Martes, 19 de enero de 2016

Homilía del papa Francisco en Santa Marta
Martes, 19 de enero de 2016

La primera lectura (1Sam 16,1-13) relata cómo fue elegido el rey David. Dios se dirigió a Samuel: 
¿Hasta cuándo vas a estar lamentándote por Saúl, si yo lo 
he rechazado como rey de Israel? 
Llena la cuerna de aceite y vete. 
El profeta intenta resistirse, temiendo la venganza de Saúl, pero el Señor le invita a ser astuto y 
disimular un simple acto de culto, un sacrificio: lleva una novilla y ve.

Ahí inicia el relato de lo que fue el primer paso de la vida del rey David: la elección. 
Una elección ajena a los criterios humanos, pues David era el más pequeño de los hijos de Jesé, un chiquillo. 
Hemos leído que Jesé presenta a sus hijos y Samuel, ante el primero, dice: Seguro, el Señor tiene delante a su ungido. 
Veía ante sí a un hombre formidable.
Pero el Señor replicó a Samuel: No te fijes en las 
apariencias ni en su buena estatura. 
Lo rechazo. Porque Dios no ve como los hombres, que ven la apariencia; el Señor ve el corazón.

He aquí la primera lección: muchas veces somos esclavos 
de las apariencias, de las cosas que aparentan y nos 
dejamos llevar por ellas: ‘Sí, este parece…’. 
Pero el Señor sabe la verdad.
Igual que aquí: pasan los siete hijos de Jesé y el Señor 
no elige a ninguno, los deja pasar. Samuel está un poco confundido y dice al padre: Tampoco a este lo ha elegido el Señor. 
¿Se acabaron los muchachos? 
Bueno, queda el pequeño —pero ese no cuenta—, que precisamente está cuidando las ovejas. A los ojos de los hombres ese chiquillo no contaba.
Al llegar el niño, el Señor dijo a Samuel: Anda, úngelo, porque es éste. 
Era el más pequeño, el que a los ojos de su padre no contaba, y no porque el padre no lo amase, sino porque pensaba: ¿cómo Dios va a elegir a este pequeño? 
No consideraba que el hombre ve la apariencia, pero el Señor ve el corazón.

Y entonces, Samuel tomó la cuerna de aceite y lo ungió 
en medio de sus hermanos. 
En aquel momento, invadió a David el espíritu del Señor, y 
estuvo con él en adelante. 
Toda su vida fue la vida de un hombre ungido por el Señor, 
elegido por el Señor.
Nos podríamos preguntar: entonces, ¿el Señor lo hizo santo?
¡No! El rey David es el santo rey David, es verdad, 
pero santo tras una larga vida marcada también por varios pecados. 
David fue santo y pecador. 
Fue un hombre que supo unir el Reino, y sacar adelante el 
pueblo de Israel, pero también tenía sus tentaciones y cometió pecados. 
David fue incluso un asesino que, para tapar su lujuria, el pecado de adulterio,
 mandó matar. Precisamente él.
Pero, ¿el santo Rey David ha matado? 
Es verdad, pero también es verdad que cuando Dios le 
envió al profeta Natán para hacerle ver esa realidad, pues 
David no se había dado cuenta de la barbarie que había 
ordenado, el mismo David reconoció: 
He pecado, y pidió perdón.
Así avanzó su vida, llena de luces y sombras. 
Sufrió en su carne la traición del hijo, pero 
jamás usó a Dios para vencer una causa propia. Cuando David debió huir de Jerusalén, envía atrás el Arca y declara que no usará al Señor en su defensa. Y cuando lo insultaban, David en su corazón pensaba: Me lo merezco. 
David conoció después la victoria y la gran magnanimidad que le llevó a no matar a 
Saúl pudiéndolo hacer.

En definitiva, ¿este es el santo Rey David? 
Sí, santo, elegido por el Señor, elegido por el pueblo de Dios, 
fue también un gran pecador, pero pecador arrepentido. A mí me conmueve la vida de este hombre y me hace pensar en la nuestra. 
Todos hemos sido elegidos por el Señor en el Bautismo, para 
estar en su pueblo, para ser santos; hemos sido consagrados por el Señor, en este camino de la santidad. 
Sin embargo, leyendo la historia de este hombre —un recorrido que comienza desde pequeño y llega hasta ser anciano— que hizo tantas cosas buenas y otras no tan buenas, pienso que en el camino cristiano, en el camino que el Señor invita a hacer, no hay ningún santo sin pasado, pero tampoco ningún pecador sin futuro.

sábado, 16 de enero de 2016

DESCUBRIENDO EL ROSTRO DE JESUS EN EL AÑO DE LA MISERICORDIA

PROGRAMA DE RADIO LA TERTULIA  
Empezando Enero 14-hasta Febrero 2016
Todos estos temas se van a publicar en esta Página cada semana.

·        Papa Francisco: Mensaje para el Jubileo de la Misericordia de los Jóvenes
·        Preparando el viaje a México
·        La Navidad se fue. Síndrome post navideño
·       Jesús de Nazaret
El Jesús de la Historia
El Jesús de la Fe
El Jesús de la Iglesia
·        El Mundo del Nuevo Testamento
·        Roma y sus instituciones
·        El Mundo Judío en el primer siglo
o   La tierra que conoció Jesús
La Galilea
Las ciudades del lago
Jerusalén
o   Situación político-cultural
Helenismo
Dominio de Roma
Reinado de Herodes
o   Los grupos religiosos
Fariseos
Saduceos
Esenios
o   Movimientos Populares y los resistentes
Movimientos populares de tipo mesiánico
Movimientos populares de tipo teocrático
Movimientos populares de tipo profético
Grupos de resistentes: los Zelotas
·        ¿Quién dice la gente que soy yo?
o   El hijo de María
o   Lugar de nacimiento
o   Vida privada

·        Itinerario predicación de Jesús
1.      Primera Fase: Región del Jordán (finales año 27 –mediados año 28)
2.      Segunda Fase: Galilea (Cafarnaúm como centro9
Mediados del año 28 a Pascua año 29)
3.      Tercera Fase: Desplazamiento por Galilea y territorios próximos
(Pascua del 29- Tabernáculos del 29 )
4.      Cuarta Fase: Perea-Judea-Jerusalén
(Tabernáculos del 29 –pre Pascua del 30)
5.      Quinta fase: los últimos días en Jerusalén
(Pascua del 30)
·        La Fe de la Comunidad Primitiva
o   La palabra Evangelio
o   Paso de la Tradición Oral a la Escrita
o   La Fuente Q
o   Los evangelios de Marcos, Mateo, Lucas (sinópticos)
o   Escritos de Juan
o   Escritos de Pablo

·        Testimonios sobre Jesús
o   Fuentes Judías
o   Fuentes romanas
o   Escritos apócrifos
o   Grupos disidentes

 También pueden encontrar en  mi Blog de Radio o entrando en mi Página de Internet
en la sección de radio

¿QUIÉN ES LA VIRGEN MARIA? Parte 4 de 4

La María de la piedad de la Iglesia y de las Iglesias
Si la María de la Historia es única y con reducidos años de 
existencia durante el siglo 1, la María de la piedad de la Iglesia 
y de las Iglesias Particulares es múltiple y diversificada, 
con profundidad de siglos y con capacidad de multiplicarse
novedosamente con una nueva imagen, con una nueva advocación 
o con una nueva devoción.
Cada María de la piedad de la Iglesia tiene su propia historia. 
Con frecuencia es una historia larga, compleja y que promueve
una constelación específica de historias, como sucede con las advocaciones más tradicionales de Nuestra Señora del Carmen o de Nuestra Señora del Rosario, e incluso con advocaciones recientes, como son las de Lourdes y Fátima.
Cada una de estas Marías es una historia de la fe de los creyentes en María; pero, al mismo tiempo, siempre se expresa como una nueva historia de la María-Viva, que vive también en la fe de su pueblo.
Es fácil ahora comprobar la complejidad que se oculta detrás de ese nombre tan sencillo: «La Virgen María».
Por ese motivo queda justificada nuestra pregunta sobre 
cuál de las Marías es la que subyace en la teología mariana 
popular de nuestra América Latina.

¿QUIÉN ES LA VIRGEN MARIA? Part 3 of 4

La María de la Iglesia Magisterial y Teológica
Las afirmaciones sobre la María Pascual en el 
Nuevo Testamento se despliegan paulatinamente en amplitud y hondura en la fe católica de la Iglesia, originando los dogmas marianos que profundizan la Maternidad Pascual de María, y colaboran incluso en la comprensión del ser y del poder del Cristo Salvador Resucitado, ya que maternidad pascual es la plenitud de la fe y de la salvación, dado el nuevo concepto de maternidad inaugurado por Cristo en la comunidad neotestamentaria.

Así la maternidad de Jesús y la maternidad de Cristo llegan a la cumbre de su comprensión cuando en el Concilio de Éfeso (a. 431) se define a María, contra el reduccionismo nestoriano, como Madre cíe Dios dejando definitivamente establecida en la fe de la Iglesia la unicidad de la persona divina de Cristo y la realidad de su ser histórico y humano contra todo tipo de docetismo ahistórico.
Desde los mismos testimonios neotestamentarios, la maternidad pascual de María aparece vinculada con su virginidad, que desde el siglo IV en la confesión de fe de Epifanio se cualifica expresamente a María como la Siempre-Virgen (Dz. 13), que se desdoblará desde el Sínodo de Letrán (a. 649) en los tres momentos, «antes, en y después del parto».
Independientemente de la dimensión histórica de la maternidad-virginal de María, la fe de la Iglesia en dicha virginidad implica una profundización en el misterio de la maternidad fiducial y pascual de María, ya que la virginidad, en el contexto pascual en el que escribe Pablo, se define como un exclusivo preocuparse de los asuntos del Señor, para dedicarse a El en cuerpo y alma (1 Cor. 7, 32-34).
Por eso María, en la fe de la Iglesia, es la Madre-Virgen, la Siempre-Virgen, o sencillamente la Virgen, 
en la que el sentido pascual de la virginidad se realiza por eminencia en su fe maternal.

• Con lentitud de siglos se abre en la Iglesia la conciencia de la Concepción Inmaculada de María —definida por Pío IX en 1854—, y de su Asunción corporal en la gloria celeste —solemnemente declarada como dogma por Pío XII en 1950—.
• Son dos dogmas que localizan integralmente la existencia de la 
Virgen-Madre en el universo pascual del Cristo Resucitado, que permitirá posteriormente a Pablo VI proclamarla como Madre de la Iglesia, incorporada, sin duda, por su Hijo en la casa exclusivamente fundada por 
El, pero aposentada en ella como la Madre del Cristo-Fundador y de todos los miembros de la nueva familia.
• La María de la fe de la Iglesia aparece, de esta manera, como el testigo cualificado de la actividad salvífica de Cristo en el mundo, transparencia evangelizadora del rostro
maternal-misericordioso de Dios tipo y modelo de la Iglesia y del cristiano, con la fuerza salvífica de quien, liberado por Cristo, continúa buscando con El a la oveja perdida, al mismo tiempo que
• se preocupa eficazmente
- de los hambrientos,
- de los desnudos,
- de los encarcelados y
- de los enfermos, conforme a las exigencias del mismo Jesús expresadas en el capítulo 25 de San Mateo.
Pero, en la fe de la Iglesia, siempre hay una referencia fundamental a la 
María-Viva junto al Cristo-Vivo como miembro privilegiado y glorioso de su Cuerpo.
Las corrientes teológicas en Mariología han sido múltiples a través de la historia, pero principalmente se pueden considerar desde tres perspectivas, que modelan diversas imágenes de María.
1. En primer lugar, existen unas Mariologías Cristológicas y otras Eclesiológicas, según que María sea estudiada acentuando y subrayando su relación con Cristo o con la Iglesia.
2. En segundo lugar, aparecen las Mariologías Maximalistas y las Minimalistas.
Las primeras se desarrollan bajo la fuerza del viejo adagio «de Maria numquam satis», mientras que las segundas, por diferentes motivos, quieren evitar la impresión de que «junto al camino, la obra y los títulos honoríficos de Jesucristo existen otro camino paralelo, otra obra y otros títulos honoríficos análogos propios de María», como decían los teólogos protestantes de la Universidad de Heidelberg en 1950, en su «Juicio Evangélico acerca de la proclamación del dogma de la asunción corporal de María».
3. Por último, se han desarrollado la Mariología de los Privilegios y la Mariología de la Misión-Servicio.
La primera corriente ha encontrado su lugar propicio en contextos de Cristiandad y en ambientes socialmente dominados por la aristocracia.
La segunda corriente comienza a tomar su fuerza en un mundo pluralista en que la Iglesia, subrayando su original vocación de levadura misionera, se define a sí misma como «servidora» del mundo.

¿QUIÉN ES LA VIRGEN MARIA? Part 2 de 4

La María de la fe pascual del Nuevo Testamento

Los modestos datos de la María de la historia 
aparecen incrustados en la María de la fe que nos 
presentan los documentos del Nuevo Testamento y, 
de una manera especial, los Evangelios. 
La María de la fe es otra dimensión de María, la de mayor trascendencia. 
Y la María de la fe del Nuevo Testamento se constituye 
en norma fundamental de referencia de toda la Mariología.
De hecho, el interés por María se organiza con ocasión del acontecimiento 
de la resurrección del Señor, dada la relación de maternidad entre María y Jesús.
• La madre del Jesús de Nazaret aparece también como
la madre del Cristo Resucitado, quedando incorporada a
un universo nuevo de fe, de realidad y de significaciones, 
lo que permite una nueva comprensión de la persona, 
de la maternidad y de la historia de María.
La María de la fe, y la teología neotestamentaria de la 
María de la fe, no originan una religión autónoma mariana 
en las comunidades neotestamentarias. 
Forma parte de una globalidad, cuyo centro indiscutible es 
Jesucristo, aunque se encuentra conectada con 
El por un nexo privilegiado y único: el de la maternidad y filiación. 
Por ese motivo, es evidente que la nueva comprensión de María se realiza desde la perspectiva del Resucitado, de tal manera que el Cristo de la fe penetra vitalmente la realidad de su madre,
la llena de significación «Pascual», originando el nacimiento de la María de la fe.
El punto sobre el que gravita la María de la fe es la nueva 
comprensión de la maternidad y del parentesco desde el Cristo Resucitado. 
Sin negar evidentemente la dimensión biológica y humana que supone 
la maternidad, sin embargo, la maternidad queda constituida esencialmente, con relación al Cristo,
• en oír y amar la palabra de Dios (Lc. 11, 28), y
• en cumplir la voluntad de Dios (Mc. 3, 35).
• De esta manera, la fe en el Cristo resucitado hace descubrir 
a la comunidad neotestamentaria en la madre de Jesús a la creyente María, 
pero no con una fe yuxtapuesta a su maternidad humana, 
sino invadiéndola en su raíz más profunda, llenándola de un nuevo significado, 
constituyéndola en la madre del Cristo, en su más pleno sentido.
Aquí nos encontramos con la clave para la interpretación de
• la María que aparece en los capítulos de Mateo (caps. 1-2) y Lucas (caps. 1-2) 
referentes a la infancia del Señor, y
• en los teológicos de Juan referentes a las bodas de Caná (2, 1-11), y a la escena 
de María al pie de la cruz (19, 25-27).
Tres pasajes merecen una mención especial:
1. el de la Anunciación (Lc. 1,26-38),
2. el de Magníficat (Lc. 1,46-55), y
3. el de la Cruz (Jn. 19, 26-27).
En el pasaje de la Anunciación, María se muestra corno 
la creyente que acepta ser madre del Cristo, incluso por los
sorprendentes caminos de la concepción virginal. Es la mujer elegida por Dios
para una especialísima misión, corno los antiguos profetas, misión que consciente, libre y filial mente acepta.
En el Magníficat se descubre toda la interioridad de María. 
Su maternidad mesiánica se traduce en una conciencia de ser 
especialmente salvada y liberada por Dios en su humillación, constituyéndose 
en la primera evangelizadora —no sólo en sentido cronológico, 
sino marcadamente cualitativo— de la liberación y misericordia de Dios,
por Cristo, de los humildes y de los hambrientos.
En la escena de la cruz, su maternidad personal del Cristo 
se introduce en la nueva casa fundada por su Hijo, la Iglesia, 
quedando aposentada en ella como Madre de la nueva familia, 
significada por Juan, que comienza a descubrirla como a su Madre: 
Madre de Jesús y Madre de los fieles, en la casa 
de su hijo, por ser la Madre del Cristo.
Es interesante el advertir que en ninguno de los tres pasajes 
se deforma la realidad histórica de María:
• doncella modesta de Nazaret en la Anunciación;
• prima visitando a su pariente Isabel en el Magníficat;
• y madre impotente del ajusticiado junto a la cruz.
• En la modestia de esa vida histórica se abre la María de la fe, la Madre del 
Cristo Resucitado.
Pero si la fe pascual de la primitiva Iglesia en todo 
momento sigue afirmando la modestia histórica de 
la María de la historia, al mismo tiempo asocia a la 
María Pascual al nuevo ámbito del Cristo Resucitado,
Glorioso y Victorioso, que intercede por nosotros 
delante del Padre. 
Y la asocia de una manera exclusiva y justificada 
como Madre Pascual, con expresiones 
muy significativas, tanto en la narración de la 
Anunciación como en las bodas de Caná y
en la escena del Calvario.
Aquí encontramos los fundamentos del posterior 
desarrollo de la fe mariana de la Iglesia.